El pecado y la naturaleza

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De los siete pecados capitales, solo la soberbia y la avaricia parecen exclusivamente humanas. En efecto: muchos animales, en determinadas ocasiones, manifiestan ira, se conducen con lujuria, devoran con gula, sestean con manifiesta pereza y hasta envidian los cariños que recibe un compañero de manada. Pero la soberbia y la avaricia son aves que surcan los cielos sociales, y únicamente un corazón humano puede servirles de nido, pues ambas conllevan no solo una comparación abstracta con los semejantes, sino una proyección del instante hacia el pasado o hacia el futuro. El soberbio sostiene su soberbia sobre lo que ya logró; el avaricioso acrecienta su avaricia anhelando más.

Por eso resultan mucho más disculpables los pecados del instinto, porque emergen desde dentro de uno como el vapor en una olla sin tapa, como un latigazo en el alma; pero solo practican la avaricia o la soberbia aquellos cuya ponzoña se ha cocido, durante muchos años, a fuego lento.

León que bosteza

 

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Me he referido a los siete pecados capitales; pero ocho eran, sin embargo, en su origen, tal y como los recogieron los primeros cristianos, siempre dados a revolverse gnóstica y ordenadamente contra el cuerpo y sus repugnantes vicios, así como contra ciertos excesos del carácter ya denunciados por muchos estoicos (y en esto Séneca puede considerarse un rico precursor literario de la contención del pecado). El número ocho resultaba útil para establecer diversas clasificaciones simétricas, pero el número simbólico por excelencia ha sido casi siempre el siete; tal vez por ello el papa san Gregorio Magno redujera a tal cantidad la lista, asimilando para ello la tristeza a la pereza.

Constituye una extraña unión. Mejor hubiera encajado al revés, porque la asimetría salta a la vista: los seres humanos más hondamente deprimidos, en efecto, tienden a la inacción. Mas no se ha constatado jamás que un holgazán bien abastecido sienta -salvo por oscuros motivos personales- tristeza alguna. Los animales, por su parte, dejan a veces de comer cuando les invade la nostalgia, quizá contagiados por los humanos; pero, en condiciones normales, si no tienen hambre, se encuentran a salvo de posibles depredadores y sienten que nada más pueden exigirle a la cambiante luz del día, se apresuran a tumbarse a la bartola para pegarse una buena siesta.

 

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