Ferrazuela

 

I

Llevaba meses sin comprar ningún periódico impreso, pero el pasado domingo –misteriosos son los impulsos más ocultos de nuestro espíritu– me abalancé sobre El País en un quiosco. La portada de su revistilla dominical estaba dedicada a Venezuela. En ella salían muchos venezolanos sonriendo; desde la redacción querían mostrar la lamentable situación del estado, pero centrándose en sus gentes, en la parte acaso más “humana”, en sus víctimas populares. Debajo de esa imagen, y ocupando aproximadamente un quinto del espacio, se veía un cochazo rojo junto a la frase “El taller de los sueños”.

 

El País semanal

 

Pensé que se trataba solo de publicidad. Tan inadecuada como obscena, dicho sea de paso. Me pregunté cómo habían tenido los cojones (discúlpenme, pero fue la palabra que se me vino a los labios)  de colocar un descapotable deportivo bajo los rostros de esas víctimas sonrientes y venezolanas. Leo entonces lo siguiente en el editorial de la revista, tras pasar una sola página:

“Pero en esta herida de la que han huido más de un millón de venezolanos, la mayoría libra una lucha conmovedora por vivir y criar a sus hijos en paz. Junto a ese extravía llamado Venezuela, comparte la portada un Ferrari 337 Spider Scaglietti, modelo legendario de la casa del cavalino rampante. Entramos en la división Ferrari Classiche, donde reconstruyen los coches más preciados del mundo”.

No solo era mera publicidad, es que formaba parte del plan de edición de la revista.

A lo mejor se debe a que llevo mucho tiempo sin comprar periódicos; a que me estoy haciendo ya viejo; a que leo libros demasiado arcaicos y mi moral a estas alturas se me dispersa; a que veo poca televisión; o, sencillamente, a que los editores de la revista han perdido el norte y sus lectores (o la mayoría, al menos) también.

Porque a ver si lo entiendo bien: no solo vinculaban en una misma portada dos asuntos tan absolutamente contrapuestos como las miserias de un pueblo hundiéndose en la ciénaga y un objeto de consumo destinado solo a los millonarios; sino que, al explicarse, arrejuntaban en la misma frase, y sin un pestañeo, la palabra ‘Venezuela’ con “Ferrari 337”.

 

II

Paso por alto el hecho de que los venezolanos estén sonriendo en la imagen; que es algo así como si a los inminentes fusilados de un pelotón se les pidiera poner buena cara y posar guapos para la foto. Lo cual demuestra que lo relevante ahí no lo constituye la interioridad de los retratados, puesto que esa sonrisa casual no posee interés informativo, por muy circunstancial que sea la imagen en sí, seguramente tomada durante una manifestación o un mitin de Capriles (todos sabemos que incluso en las peores condiciones vitales siempre cabe un halo de alegría espontánea, pues así es el carácter de los seres humanos), sino el efecto que tal imagen ejerza sobre el lector.

Esa cara “amable” de Venezuela, tierna, no pretende enseñarle al occidental europeo la desnuda realidad de Venezuela abierta en canal hasta que las contradicciones, si las hubiera, le salpicasen en los ojos; esa cara “amable” de las víctimas está ahí puesta por intereses tan controlados y concretos como el anuncio-reportaje de Ferrari. Una portada en negro, o en blanco, con el texto “Sobre Venezuela” habría opacado de primeras la reacción del consumidor. Pero entonces sí que la foto del Ferrari hubiese resultado incluso demasiado escandalosa, porque se habría asimilado tanto con la desnuda cabecera, que la gente se hubiese preguntado: “¿Hay Ferraris en Venezuela? ¡Serán los de Maduro!”.

He aquí, pues, que tras Venezuela nos quedan los Ferrari. Luego de sacudirnos bien con el horror ajeno (horror asociado en nuestra psique, por supuesto, a Podemos: desde que sacaron cinco escaños en el Parlamento Europeo las noticias en medios hispánicos sobre política interior venezolana han debido de multiplicarse en un 300%, y acaso no quede ningún español hoy que sepa menos sobre Venezuela que sobre Italia o Francia; hasta me sorprendería que de cada diez lectores cuatro supieran el nombre del presidente de Italia sin mirar antes en google), nos engalanan la revista con un reportaje dedicado a un producto tan caro que ningún lector podría comprarse ni pidiendo una hipoteca.

Un objeto tan exclusivo, tan inaccesible, solo puede ocupar un sitio tan señero si se lo coteja con la zanahoria del burro: bien sabe el burro que nunca podrá alcanzarla; pero sigue caminando ante ella porque, así, experimenta la sensación de que al menos no se aleja demasiado de sus fauces.

“El taller de los sueños”, tal y como llaman a la fábrica de Ferrari con una prosa cursi y repelente, es el taller en donde no se fabrican productos tangibles, sino por estricta definición solo aquellos que se deben a nuestra nocturna y arbitraria actividad cerebral.

 

  III

Estos sustos, en fin, me llevo cuando compro la prensa escrita: uno espera información y se topa con catálogos panfletarios.

Leyendo el editorial, no puedo sino imaginarme a un dulce mancebo de catorce años, que entra en su casa y se acerca al salón para darle a su madre la noticia de la muerte de una vecina. Y, justo cuando acaba de decir “doña Paca ha fallecido esta mañana, mamá”, se gira hacia la televisión, en donde emiten una serie norteamericana, y exclama a propósito de la joven protagonista: “¡Yo a esta me la follaba!”.

Si un caso semejante reclama una buena hostia a mano abierta por parte de su madre, al menos en nombre del decoro o del respeto a los muertos recientes, no menos solicitaría para sí el oficinista que, al día siguiente, comentando en el trabajo con sus compañeros la portada de El País Semanal, dijera: “Qué horror lo de Venezuela. Por cierto, ¡qué cochazo el último modelo de Ferrari!”.

Sobre los editores de El País, no me extiendo de momento más.

Que luego me puse a leer la propaganda de las páginas color salmón, y tengo material para algunas cuantas entradas adicionales.

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