A otro perro con ese cambio

 

I

Uno sospecha inmediatamente de cualquier discurso en cuanto se arropa con la manta cálida pero roída del lenguaje publicitario. Hace un par de días, en el diario El País, me topaba con esta noticia:

El país cambio

Hay quien se ha molestado en corregirla casi palabra por palabra. No entraré yo a valorar los motivos ideológicos –seguramente impuestos por la propia redacción, la cual no tiene reparo, como pasa en otros tantos medios, en imponerle los titulares al periodista– que hayan motivado un titular tan tendencioso y malintencionado, pero sí me interesa llamar la atención sobre el “rechazo al cambio”.

II

Como saben hasta los que detestan la tauromaquia, la gracia de su arte no consiste en que el torero vaya hacia el toro, sino en que el toro vaya hacia el torero; para lo cual el torero agita su capote. Claro que en la mente del toro (si pudiéramos, mágicamente, introducirnos en ella) la cuestión se entendería de manera contraria: “Yo no obedezco más que a mi taurina y brava voluntad”, diría, “y si bien el torero cree que agitando su capote causa mi irritación y mi embestida, yo, en cambio, acudo hacia el capote porque me da la real gana”.

Ocurre algo semejante, pero más velado, entre el publicista y el receptor de su publicidad: cuanto más arte tiene el publicista, cuanto mejor se ha hecho el anuncio en sí, más impresión de libertad subjetiva genera en el espectador. “Yo no compro este producto, o sigo este patrón, porque me lo indique la publicidad”, dice este, “sino que hago lo que me dicta mi santa voluntad, que para algo tengo libertad de elección”; confundiendo, con casi total certeza, la libertad de elección con la libertad de poder no elegir (que esa, desde luego, apenas la tiene).

Pues bien: comoquiera que en los anuncios no pueden aparecer los publicistas agitando un capote, y comoquiera que no todos los espectadores tienen cuernos ni embisten, se recurre a un lenguaje de carácter marcadamente sugestivo, que incite al apático cliente a reaccionar como si le hubieran soltado una descarga eléctrica.

Basta con encender la televisión y atender a los anuncios para que le asalten a uno las siguientes palabras: “experimenta”, “siente”, “vive”, “disfruta”, “descubre”, siempre en imperativo y siempre empleando un irreverente y untuoso tuteo. Incluso en ocasiones se usan a la vez: “Vive la experiencia X” (en donde X puede corresponderse con un helado, un preservativo o un parque de atracciones).

Otros verbos menos tajantes, más laxos, que conllevan menos implicación, no suelen escucharse demasiado: “Prueba”, “Mira”, etc. Y un término como “compra” está radicalmente excluido de cualquier anuncio: no sea que el toro empiece a sospechar que el capote se agita demasiado.

(“Llévate”, sin embargo, sí se oye con relativa frecuencia: a diferencia de ‘comprar’, ‘llevar’ no incluye la noción ‘precio’ en su significado).

En política, cuando quieren vender algún nuevo producto como bueno en sí mismo, apelan, no a verbos, sino a sustantivos prestigiosos: calidad, excelencia, gestión, creatividad, innovación. ¿Quién podría estar en contra de tan positivos conceptos?

 

Ese toritoIII

Pero pasa que, a veces, el torero ya no quiere torear al toro, sino que tiene que matarlo de una certera estocada. Y ya que para una buena muerte es esencial la velocidad del toro (si llega manso y al trotecillo, mala muerte le daría), no queda otra que redoblar la táctica retadora, aunque esta consista en que el torero corra también hacia el bicho con todas sus ganas y la espada en alto.

Ahí las palabras bienintencionadas, las que apelan a la experiencia personal, resultan inútiles y vacuas. En el mundo de la política no se puede instar a los ciudadanos a que “sientan”, “vivan” o “experimenten”, por ejemplo, la nueva reforma laboral; especialmente si están en su contra. Tampoco van a encontrarse con que es una reforma creativa, innovadora o excelente; ahí el prestigio de tales términos sonaría a puro cachondeo y no amedrentaría a sus críticos.

Para tales envites ha tomado de la publicidad la estrategia de culpar al consumidor (o al electorado) por el hecho de no aceptar una reforma o de no consumir un determinado producto. “¿Te lo vas a perder?” “¿Vas a ser el único?”. Esta suerte de entre la espada y la pared se expresa, en términos políticos, mediante la consabida acusación de “miedo o rechazo al cambio” que con tanto brillo reluce en el titular antes citado, pero también admite otras variantes como “nuevos retos”, “sacrificios necesarios”, o “lo que exigen los nuevos tiempos”.

La vileza y abyección del giro, constatada por muchos, anida en que esas novedades no son fruto del azar ni de impulsos ajenos a la voluntad de los hombres, sino exigencias más o menos ciegas de unas inercias sociales que no se desea controlar y que no pueden sino acatarse calladamente. Que tales inercias son completamente sociales (o económicas, que lo mismo da) se demuestra de facto por el modo en que se imponen: mediante leyes.

Los nuevos tiempos, los cambios, se conciben entonces como unos caballos desbocados que tiran de un carruaje; la obsesión del conductor no consiste, como sería lo normal, en sujetar de las riendas y controlar a los enloquecidos animales, sino en golpearles más y más fuerte con la fusta mientras les grita a los pasajeros que lo tiene todo controlado, pero que quien vomite por la ventanilla a causa del mareo es culpable de temer al cambio, de no adaptarse a los nuevos tiempos o, sencillamente, de estar en contra del mismísimo Progreso.

 

IV

He aquí, por fin, en todo su esplendor, el núcleo del discurso que esconde lo irracional de sus razones apelando a la pretendida irracionalidad de quienes las rechazan:

“Estos cambios son tan duros como necesarios, pero si queremos alcanzar la excelencia, y estar a la altura de los tiempos, debemos adaptarnos a las exigencias y los retos que nos depara el futuro”.

Qué cambios sean esos, qué precio haya que pagar, qué males puedan acaso traer, son cuestiones que no deben ni plantearse. Si uno está en contra, pertenece por esencia a los anticuados, a los acobardados, a los que no saben adaptarse, a los conservadores, a los que viven con miedo y a los nostálgicos de un pasado ya ficticio. ¡Y hay de ti si perteneces a ese grupo, si te dejas hundir en esa fosa!

De la incitación hemos pasado al puro reto; del reto a la necesidad; y de la necesidad a la amenaza. Si no aceptamos los cambios, por fundadas y sólidas que consideremos nuestras razones, la falta es nuestra, no del cambio. Por lo tanto, todo cuanto nos suceda por no seguir “los cambios” será de plena justicia, y precisamente por ello el miedo al cambio empieza a constituir una verdadera tara psicológica: vean, en esta sencilla búsqueda por google, la cantidad de gente que nos ayuda a no temer los cambios.

V

Ya que abrí con El País, con El País cierro. He dado, según escribía este artículo, con este magnífico editorial del día 3 de enero de 2016. Miedo a la libertad, terror al cambio y rechazo a contemplar el propio rostro en el espejo (perfil suficiente para ingresar en un hospital psiquiátrico durante una semanita), por fin juntos:

 

EL país terror

 

 

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