Adiós al fútbol (parte I)

 

[Para Juanjo Palomo , que seguirá sufriendo y remando contra la corriente, incesantemente arrastrado hacia el pasado]

 

Parte I: la crónica

 

(Breve autobiografía futbolística)

Mi familia, tanto por parte materna como paterna, seguían y apoyaban desde siempre al Atlético de Madrid; mi abuelo materno tenía incluso abono en el Metropolitano y más adelante también en el Calderón. A pesar de ello, no desarrollé sino una mera simpatía inconsciente hacia dicho club, porque de niño el fútbol me aburría bastante. En 1996, sin embargo, el Atlético ganó el doblete. Y yo, seducido por la victoria –acaso la droga metafísica que más empozoña el alma de los niños y de los adolescentes–, empecé a coleccionar cromos, a comprarme camisetas y a ver todos sus partidos, con una obsesión tan desaforada como tolerada por mi familia, hasta el punto de que me acostumbré a adecuar mi estado de ánimo a las victorias de mi adorado equipo. Si el Atlético perdía la noche anterior, allá que marchaba yo al colegio –como un memo, me gustaría añadir– con cara de disgusto y el Marca en la mano derecha.

Cuando llegué a la carrera, el Atlético descendió asegunda, yo me sumergí en la vida universitaria y prácticamente me olvidé del fútbol. Más o menos entre el año 2001 y el año 2009, no supe ni quién ganaba la liga española ni quién ganaba la Champions. Cómo pude mantener tan perfecto desinterés no lo sé, pero solo muy de cuando en cuando escuchaba algo sobre fútbol, y desconocía los nombres de los jugadores más famosos.

La situación cambió cuando, por casualidad, y por encontrarme donde sin duda nunca debí haber estado, vi la segunda parte de unos cuartos de final de Champions: la ida del Barcelona contra el Bayern de Munich, en el año 2009 (ganó el Barsa 4-0). Cierto que justo el verano anterior había logrado España la Eurocopa; pero yo no me preocupé apenas por ello hasta que alcanzamos los cuartos de final, y la victoria tampoco encendió en mí la afición de antaño. Entendía que el fútbol era una vaga excusa social; y que lo importante consistía en reunirse con los amigos para luego olvidarse del balón hasta el partido siguiente, si lo hubiera.

Sin embargo, tras contemplar aquella tarde de 2009 el juego del Barcelona, plagado de pases imposibles, de movimientos precisos y de posesiones interminables, caí rendido ante el talento de Messi y observé con asombro creciente cómo ganaban, aquel año, el afamado primer triplete con Pep Guardiola.

Como el Barcelona nunca me había caído muy simpático y no era cuestión de recuperar el interés futbolístico apoyando a otro club, retomé mi antiguo amor incondicional hacia el Atlético de Madrid. Mal que bien, durante los años siguientes disfruté de buenos partidos y vi cómo ganaba dos UEFA Leagues, algún trofeo menor pero muy disfrutable y una Copa del Rey en el Bernabéu.

Atlético

Incluso toleré, con cierta calma, la lacerante derrota acaecida en Lisboa; ahora mismo, el gol de Ramos en el minuto 93 se me asemeja a la caída súbita de un rayo enviado por Zeus.

Tras el devastador empate, abandoné el salón blasfemando (lo veíamos en mi casa: mi padre, unos amigos y yo), me asomé a la terraza, sorbí un poco de vino, miré hacia las estrellas y me encomendé, apelando a Séneca y a Montaigne, a la racionalización, a la resignación y a la relativización para canalizar la rabia y la impotencia que me carcomían desde la coronilla hasta las plantas de los pies.

Media hora más tarde, incluso logré sonreír cuando alguien bromeó sobre los abdominales de Cristiano Ronaldo.

 

(La Champions League 2015/2016)

Por un lado, el Real Madrid.

Se enfrenta en octavos a la Roma, a la que vence con facilidad por un global de 4-0 (0-2, 2-0). Pierde, ya en cuartos, la ida contra el Wolfsburgo (2-0). Ese partido no constituyó para el Madrid ningún sufrimiento en sí mismo, más allá del hecho de que perdieran sin habérselo esperado y jugando con suma parsimonia. En la vuelta, por fortuna para ellos, no duró mucho la angustia ante una posible eliminación, porque en el minuto 17 ya había metido Cristiano dos goles; con la eliminatoria empatada, el Wolfsburgo jugó un partido mediocre y plano, y en el minuto 77, de manera tan predecible como lógica, Cristiano marcaba de falta y clasificaba al equipo para las semifinales.

Las jugaron contra el Manchester City. Dos partidos tediosos y escasos de buen fútbol. La ida, en el campo del City, quedó 0-0; en la vuelta ganó 1-0 el Madrid. Pocos madridistas recordarán un rival de semifinales tan falto de sangre como el City, que jugó en el Bernabéu como si hubiera venido a conocer el Museo del Prado y eso del partido fuera un trámite molesto que quitarse de encima cuanto antes.

Llegan a la final con el ánimo elevado, aunque no se fían de un Atlético que les ha ganado la mayoría de los partidos recientes.

 

Por otro, el Atlético.

Se enfrenta en octavos al PSV. La ida quizá sea el partido más horroroso que haya jugado el Atlético esta temporada (cuando el Celta lo eliminó de la copa estuvo mucho más torpe, pero también más vivo); por fortuna, el PSV no constituía un peligro serio. Manso, plano e inoperante, se limitaba a bloquear el juego del Atlético.

No varía mucho el asunto en la vuelta, pero el tiempo se echa encima, toca prórroga y luego penaltis. De repente se nos aparece el primer inesperado revés. No pesa demasiado: no hemos hecho un buen torneo y, si nos eliminan en octavos , merecido lo tendremos. La tanda de penaltis se hace larga y muy tensa. El Atlético, in extremis, pasa.

En cuartos nos toca (para horror nuestro, que no queremos a ningún equipo nacional en los cruces) el Barcelona. En la ida, 0-1 a nuestro favor en el minuto 24. El gol nos hace suspirar: ¡por fin un partido tranquilo! Pero no: expulsan a Torres antes del descanso y nos acaban ganando 2-1 en una segunda parte donde los nervios se acumulan porque el Barcelona asedia nuestra portería. Tras un arduo aguante, toca la vuelta.

El Atlético marca pronto. El Barcelona, otra vez, ataca mucho y el Atlético defiende. Si marcan un gol, nos eliminan. La incertidumbre ya pesa en los ánimos. Antes de que concluya el partido, pitan un penalti a nuestro favor. Ganamos 2-0. Hemos sufrido,  sí, pero seguimos adelante.

 

Cholo

 

En semifinales nos enfrentamos al Bayern de Munich. La ida la ganamos en Madrid 1-0. Gol temprano de Saúl y más de 75 minutos aguantando el acoso del Bayern. Nos aflige mucho esa tensión, sin duda; pero ya estamos hechos a la brillante defensa urdida por el Cholo y dentro de lo que cabe mantenemos la entereza.

La vuelta, sin embargo, acaso sea de los partidos más tortuosos que le recuerdo al Atlético en toda mi vida. Un partido en donde se tiran dos penaltis, uno a favor y otro en contra, y se paran los dos; en donde el Bayern consigue destrozarnos durante la primera parte; en donde el Atlético parece predestinado a eliminarse por necesidad e inercia; en donde, cuando nadie se lo esperaba, aparece Griezmann para marcar un golazo y darnos algo de tranquilidad.

Duró poco: cuando quedan quince minutos para el final, el Bayern marca y el Atlético pende de un hilo. La agonía se prolonga durante minutos que parecen semanas. Por fin, increíblemente (puro milagro), el Atlético se clasifica para la final.

Seis partidos: de los cuales, con la excepción del primero y la duda del segundo, cuatro constituyen un continuo padecer. El aficionado atlético piensa que cada saque de esquina, cada regate, llevan el gol inesperado que acarreará la eliminación. El gol de Ramos, el rayo de Zeus, pende sobre nuestras cabezas metafísicamente. La congoja y la ansiedad se acumulan hasta pesar una tonelada.

Con el asombroso alivio de haber atravesado por fin un interminable calvario, nos plantamos en la final con una vaga mezcla de pánico e ilusión, a partes iguales e indiscernibles.

 

Los dos juntos, en la final .

Partido feo, sin chispa ni grandes jugadas. Con un Atlético a remolque de su propio pasado y con un gol de Ramos (en fuera de juego) que desata en nuestros corazones los presagios más oscuros. “Pero no puede ser, este año remontamos nosotros”, nos decimos mientras reclamamos una suerte de justicia cósmica. Tras 65 minutos de incertidumbre y temor (¡y tras fallar un penalti, cómo no!: más combustible cardíaco), Carrasco empata el partido. “Si no ganamos antes del minuto 90, empataremos en la prórroga”. Más que una esperanza racional, es una fe en que la desgracia no puede repetirse, porque nuestra alma no lo aguantaría. El Madrid tuvo una media hora inicial espléndida, pero lleva diluido prácticamente desde que empezó la segunda parte. Pese a todo, llega la prórroga. Y luego, los penaltis.

A esas alturas el aficionado atlético ya sabe que no va a ganar el partido, porque los dioses tejen desventuras para que los atléticos sigan lamentándose. Pero también uno piensa que tras tanto dolor acumulado, una Champions tan duramente afanosa, tan gozosamente conquistada gracias al más hondo y constante malestar espiritual, nos corresponde por derecho divino: imposible que Dios tenga tanta crueldad.

Y sin embargo la tiene. Bale tira un penalti medio cojo, y marca. Juanfran tira un penalti al palo y falla. Y Cristiano, que durante 120 minutos había conseguido tocar menos la pelota que el asistente del cuarto árbitro, marca un gol definitivo para darle el título al Real Madrid y enseñarnos así de nuevo los pezones.

 

Tortura

 

Sigue en la segunda parte: Los posos del fondo del vaso

 

 

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