Adiós al fútbol (parte II)

 

[Para Juanjo Palomo , que seguirá sufriendo y remando contra la corriente, incesantemente arrastrado hacia el pasado]

 

Parte II: los posos del fondo del vaso

(Viene de la Parte I)

(Teología)

Habrá quien replique, con la mejor de las intenciones, que eso de culpar a Dios de las desdichas del Atlético ofende a los niños que fallecen en el tercer mundo, o a las mujeres asesinadas por sus parejas. “¡Como si la crueldad de Dios se manifestara en el fútbol!”, exclamarán. Pero supone un grave error teológico considerar a Yahvé –el Dios más agresivamente dominante y humano, y por lo tanto el Dios más verdadero– como malo por el hecho causal de que los hombres sean, sin duda, muymalos.

Yahvé no se entromete en el albedrío de sus criaturas: si alguien mata a una mujer, o los ricos no impiden que los niños se mueran de hambre, la culpa no debe imputársele a Dios, sino a la raza humana o a quienes permiten o ejecutan tales actos. Incluso los accidentes de coche, que parecen regirse por la fatalidad, pueden achacarse a la invención de una máquina solo necesaria, a estas alturas de la historia, para que el consumo de motores no decaiga.

Yahvé no es el Dios del mal: es el Dios de la derrota y la victoria, que se recrea equilibrando la balanza en ese punto indiscernible en que dos competidores de idéntica fuerza dependen solo del azar. Tanto en la guerra como en el fútbol, Yahvé se complace con el vencedor, que es sin duda su vencedor, pues de lo contrario habría perdido.

Dios

El azar constituye su verdadero y único dominio: indeterminado, difuso, sin cuantía ni cálculo. En la batalla, cada muerte del enemigo contribuye a la victoria. Pero nadie sabe cuántas muertes se deben a la justicia del lance o a una mera cuestión de azar. En el fútbol, cada pase bien dado y cada golpe al poste acercan o alejan de la copa, pero nadie puede calcular que habría sucedido si ese tiro hubiese entrado en la portería, o si ese pase se hubiera marchado por la banda.

Yahvé, sin embargo, no fue cruel por permitir que el Atlético perdiera. Fue cruel por permitirle –de nuevo, sin misericordia– acariciar una victoria. Fue cruel por tolerar (y complacerse con) tanto sufrimiento.

El Madrid, que llegó a la final sin apenas sustos, que se enfrentó a rivales de objetiva inferioridad con respecto a los que despachó el Atlético, ganó la final con un gol en fuera de juego y sin hacer prácticamente nada a partir del minuto 30.

El Atlético, que sufrió en cantidades indecibles para acumular (como gustan de decir los periodistas deportivos) épica tras épica; que juega con el equipo como un bloque perfecto para anular las individualidades estelares del rival; que anduvo por la cuerda floja y a punto despeñarse durante más de 200 minutos de eliminatorias; y que eliminó a dos equipos tan totales como el Barcelona o el Bayern… perdió la final tras un partido gris, que pudo haber terminado 1-0. La agonía, en ese caso, habría sido menor: para Yahvé, era necesario prolongarla. ¿Hasta la prórroga? No, hasta los penaltis. Hasta el último penalti. Hasta ese momento en que verdaderamente la derrota pudiera doler.

En efecto: si el Madrid hubiera ganado 1-0, el aficionado atlético se habría lamentado con una media sonrisa de frustración e ironía. “¡Hay que joderse, después de lo que nos ha costado llegar! ¡Bueno, así es el fútbol!”. Demasiado fácil. Demasiado leve para sus almas ya endurecidas. En vez de eso, Yahvé nos fue puliendo la piel hasta dejarla lisa y sensible; y cuando, atónitos, vislumbrábamos lo imposible, dejó que pisáramos un clavo ardiente para que se nos hundiera hasta dentro en la carne, allá donde hacía apenas una hora antes el callo del gol de Ramos lo hubiera partido en dos sin que lo hubiésemos notado.

¿Victoria justa del Madrid o injusta, entonces? Quien así plantea las cosas no se ha dado ya cuenta de que en el azar no interviene nunca la justicia.

La lección teológica que Yahvé nos enseñó el sábado (y es una lección que trasciende lo futbolístico) consistió en recordarnos que el sufrimiento no garantiza nada; que, como decía Bernad Shaw, “ser maltratado no es ningún mérito”; y, sobre todo, que la paradoja moral de la vida se sostiene sobre la imposible unicidad del dolor con el merecimiento.

“Lo que uno merece”, decía William Munny en Sin Perdón, “no tiene nada que ver con esto”.

 

(La soberbia)

Luego de los penaltis, desesperado y hundido, con ánimo de astillas y ceniza, recurrí como terapia a un pecio de Rafael Sánchez Ferlosio.

                 Lo más incomprensible de los patriotas y los hinchas del deporte, que a la postre adolecen del mismo síndrome mental, es que no caigan en la cuenta de lo a mano que tienen el remedio (que les privaría del pretexto para forzadas satisfacciones ilusorias, pero también les ahorraría otros tantos disgustos igualmente innecesarios), ya que les bastaría con pararse un momento y preguntarse: «¿Pero a mí qué más me da?». Ya querrían los dipsómanos o los fumadores que les fuese tan fácil quitarse del alcohol o del tabaco.

Este pecio no me consoló demasiado, a pesar de que se parece a aquel adagio popular de “son once millonarios haciendo lo que más les gusta: despreocúpate”, pero me llevó a recordar este otro, tan breve como, a la postre, revelador:

      La verdad es que no acabo de lograr imaginar qué es lo que podría hacerse en este mundo con nueve Roland Garros.

Si ganar la final, me dije, le hacía falta a uno de los dos equipos, en el sentido de “hacer falta” más ontológico y estricto, ese era sin duda el Atlético de Madrid. “¿Por qué, por su cara bonita?”, dirán algunos. “¡Pues por qué va a ser!”, respondo yo, “¡Porque no la han ganado nunca!”.

¿Qué maldita falta le hacía, en cambio, al Real Madrid, que la había ganado ya diez veces, por delante del Milán (siete títulos) y del Bayern y del Barcelona (con cinco)? ¿A cuento de qué obtener otra más y situarse con once? Once, doce o treinta y cinco: ¿por qué esa necesidad neurótica de acumular una copa tras otra, hasta el extremo de que cada temporada la Champions se convierte en el objetivo existencial de toda la plantilla?

Obviamente, no para mejorar la historia del club; pues, siendo el club con más títulos de la historia, solo estaría compitiendo contra sí mismo, contra su propia marca. Pero mientras que del plusmarquista, con razón, se puede afirmar que sí “compite contra sí mismo”, no tiene mucho sentido decirlo del Real Madrid, ya que los jugadores de 1958 no son los mismos que los actuales. ¿Compiten Cristiano, Ramos y Bale contra Di Estéfano, Puskas y Gento? ¡Cómo van a competir contra jugadores ya jubilados o hasta muertos, pertenecientes encima a la misma entidad comercial!

SoberbiaContra quien compite el Real Madrid no es contra el propio Real Madrid, ni siquiera contra el Milán –del que le separaban tres copas de Europa, y ahora cuatro: las suficientes para dormir sin miedo por las noches–, ni desde luego contra el Bayern. Contra quien compite el Real Madrid es contra el Fútbol Club Barcelona, único enemigo nacional que aspira a conquistar aquello que el Madrid posee en exclusiva: el monopolio de la soberbia. El “yo he ganado más Copas de Europa”, el “soy el mejor club de la historia”, el “a ver quién escupe más alto en esa pared”, o, en fin, el “bájate los pantalones aquí mismo a ver quién la tiene más larga y mea más lejos”.

Pues el Barcelona, potenciado por el antagonismo político como un rival demoníaco, había acumulado durante estos años recientes tanta soberbia, había manifestado tanta chulería e insolencia, que resultaba ya ciertamente amenazante.

De manera que esta victoria también evidenciaba a las claras de qué iba esto del fútbol: en último término, en la cima de los enfrentamientos metafísicos, no se reduce sino a una pelea de macarras de barriada o de gallos de corral. Una disputa entre el Barcelona y el Madrid con visos de no acabarse nunca.

Dado que la soberbia, la verdadera y radiante soberbia, le corresponde por derecho de guerra al vencedor, solo los elegidos de Yahvé pueden atreverse a escupir en el ojo al miserable, mientras se atusan el cabello en el reflejo de su propio casco reluciente. A eso aspira el Barcelona: a escupir al Madrid en el ojo; y para eso le sirve al Madrid acumular títulos: para asegurarse que ese día nunca llegue.

En alguna parte, exterior a tal contienda, el Atlético. Auténtico club de sufridores, dueño de lo único que Barcelona y Madrid no querrían nunca poseer: el monopolio del victimismo. Tanto más intenso y sabroso cuantas más altas cotas alcancen sus hazañas. Para ello no valen medias tintas: hay que elevarse sobre los demás clubes del mundo, cuando proceda. Hay que ganar muchos títulos y jugar partidos tan épicos como la resistencia del rey Leónidas.

Pero hay que caer con estrépito y alaridos en los momentos cruciales, justo cuando tienes a mano la gloria absoluta. Si ganas una liga muy meritoria, pierde una Copa de Europa en el minuto 93 una semana después. Si un jugador tuyo bate el récord de goles rivales en el Camp Nou y te marchas al descanso 0-3, date el gusto de que el Barsa te elimine 5-4. Si bajas a segunda división, que sea con tu delantero acariciando el pichichi, con una plantilla de ensueño y jugando una final de la Copa del Rey contra el Español (que por supuesto perderás).

 

Prometeo

 

El sobrenombre de “el pupas”, apodo cariñoso surgido hace demasiado tiempo, no alcanza ya a describir la esencia del Atlético, porque este ha ido forjando su padecimiento ontológico con una tenacidad tan inquebrantable que más bien debería llamarse “el desollado”.

Una vez descrito y completo este triunvirato nacional, se comprenderá la absoluta imposibilidad de cambiar de equipo. Hacerse del Madrid o del Barcelona no sé si evitará mayores sufrimientos, como suele decirse, pero sin duda le incluye a uno en una abyecta lucha por la permanente soberbia; y a estas alturas, la verdad, no me encuentro dotado para un destino tan amargo.

Sin embargo, hacerse de otro equipo nacional equivale a no hacerse de nadie, puesto que ningún otro equipo alcanza identidades tan definidas. Y volverse de un equipo extranjero apestaría, con razón, a arbitrariedad o capricho.

No se me ofrecen más opciones, ni las deseo: mi corazón estará siempre con el Atlético.

 

(Adiós, fútbol)

Atribulado, en fin, ante la indiferencia que debería suscitarme un deporte tan asquerosamente de masas como el fútbol, hijo además del cálculo económico; ante la dosis de soberbia y de victimismo que debo acumular para pertenecer a sus más sacros seguidores; ante los sinsabores absurdos que me suscita, así como ante las inútiles alegrías que me aporta, me encuentro en una aporía desconcertante y dolorosa. No se trata aquí del dolor que genera el sufrimiento ajeno cuyas causas no podemos remediar. Sino de un dolor que uno sabe positivamente absurdo, por gratuito; y al cual puede renunciar, como afirmaba Ferlosio, con un chasquido de dedos.

Y sin embargo no se trata de eso: no descubrí nada el pasado sábado que no hubiese descubierto o pensado ya antes. El partido supuso, sin embargo, para mi espíritu, lo que la gente suele desear con brío para los hijos ajenos: una buena hostia dada a tiempo.

Francis Bacon

¿Por qué no distanciarme de esa mecánica maligna que supone el fútbol? ¿Por qué no regresar a ese Edén involuntario de desconocimiento puro en el cual habité durante tantos años, hasta esa fatídica tarde en que la casualidad me reclutó de nuevo para la causa del balón y del berrido? ¿Qué necesidad tengo yo de hundirme con las masas en ese delirio colectivo, siervo a su vez de los más ramplones intereses comerciales y que, encima, me genera unos sufrimientos anímicos que no los quisiera para sí ni el santo Job?

En fin, ¿por qué desearía volver a experimentar yo la honda desazón y la desesperanza que me atenazaron el sábado por la noche y no menguaron hasta bien entrada la tarde del domingo?

Puede que sea cierto lo que dice Fernández Liria: el ser humano está hecho para profesar una religión. Nunca se ha encontrado una cultura o una tribu que no adoren a un dios o a varios dioses. Puedes considerarte ateo, pero depositarás tu fe en el horóscopo o en el futuro de la ciencia. En algo deberás creer.

Muy bien. Pero, ¿por qué narices debería yo depositar mi fe en el fútbol, fuente de ilusiones y depredación, y no en la crianza de los berberechos cántabros? ¿Por qué involucrarme en aficiones o en credos competitivos?

Ahora que se acerca la Eurocopa, y que a España es además muy fácil, facilísimo, odiarla (más incluso que a Cataluña, ¡que ya es decir!), puedo encontrarme ante la ocasión de oro. Que el fútbol vuelva a ser esa excusa para quedar con los amigos, sintiendo indiferencia hacia quién gane o deje de ganar, aunque uno siempre se alegre, por mera nostalgia de la infancia o por cercanía con algunos allegados, de que el Atlético le vaya bien gane algo de cuando en cuando.

Aficionándome en compensación, si hace falta, al ajedrez o a la petanca.

Pero diciendo adiós al fútbol y logrando de nuevo (¡oh día glorioso!) no saber ni quién ha ganado la última liga española.

 

 

 

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