Sexo, sexualidad, género y Estado

(Sexos)

La confusión –por influjo del inglés–  ya profusamente denunciada entre ‘sexo’ y ‘género’ la pospongo para más adelante. Lo que, por lo pronto, me interesa señalar aquí, es que sexos, en lo que respecta a la raza humana, solo hay dos: el del varón y el de la mujer, cuya diferencia se percibe por sus genitales.

Alguno se apresurará a añadir la condición hermafrodita de ciertos seres humanos; pero cabe objetar que rara vez se ha dado el caso de un hermafroditismo puro, y que los rasgos de uno u otro sexo suelen, por lo común, imponerse sobre el otro; además de que el hermafrodita no constituye un tercer sexo particular, distintivo y diferente, sino una mera acumulación o superposición de ambos, en grados nunca semejantes y en casos lo bastante escasos como para considerarlos una verdadera anomalía (sin que por ello conlleve desprecio alguno hacia los hermafroditas por parte de quien esto escribe: no por anómalo lo repudio, sino para excluirlo de mi asunto nuclear).

Dejando, por lo tanto, el hermafroditismo al margen, la cuestión de los sexos parece, como en el caso de los restantes animales, sujeta al criterio fisiológico de un médico o de un especialista.

Expresándolo del modo más explícito y brusco posible: para determinar el sexo de un humano ya difunto, bastaría con que un forense examinara el cadáver (al que perfectamente podría faltarle la parte superior del tronco a partir del ombligo) y dictara sentencia en función de los genitales.

Hombres mujeres 2

 

(Sexualidades)

Comoquiera que las diferencias fisiológicas entre ambos sexos conllevan también otras análogas de índole no regular pero sí general –distintos tamaño del cuerpo y fuerza física, menstruación o expulsión de semen, penetración frente a recepción, etcétera– resultó inevitable que la sexualidad (irracional en su núcleo), en cuanto entró en contacto con la cultura (racional en términos freudianos), impusiera  una codificación de los roles que cada sexo iba a desempeñar dentro de ella.

A estos roles sexuales se les aparejaba una conducta normativa y unos tabúes.

Con independencia de lo que opinemos sobre una conducta sexual cualquiera, resulta evidente que el deseo puede desvincularse de cada sexo, en el sentido de que lo que uno desee sexualmente no viene de por sí predeterminado por su fisiología.

Por ello mismo, las culturas se encargan de regular las categorías de deseos correctos o incorrectos. No entraré, en este artículo, a analizar las bases de tales reglamentaciones. Baste con constatarlas.

Adele

 

(Confusión entre género y sexo)

Supuso una fatalidad gramatical histórica que los géneros se denominasen ‘masculino’ y ‘femenino’, a causa sin duda de un antropocentrismo lamentable; porque de haberlos llamado de otra manera no habrían podido confundirse con los sexos.

Demasiado tarde me lamento: ya hemos adoptado el vil anglicismo de decir género en vez de sexo, hasta el punto de que lo que debería llamarse “maltrato masculino” se suele llamar, con un espantoso eufemismo que nunca he comprendido del todo (¿qué pretende dulcificarse, en este caso?), “violencia de género.  Nada me extrañaría escuchar, de aquí a unos años, “me encanta el género: estaría toda la semana fornicando” a algún poético don juan del siglo XXI.

 

(Géneros)

Sin embargo, por una feliz casualidad semántica, esa identificación entre género y sexo permitió al sexo seguir designando sin más lo meramente fisiológico, mientras que la palabra ‘género’, más fina y especializada, se aplicó a los roles sociales que la cultura asociaba a cada uno de los sexos.

ConchitaHubiera podido parecer que tal distinción complicaba aún más las cosas: muy al contrario. Si los sexos seguían siendo dos, el número de géneros podía ampliarse indefinidamente, con tal de que algún sociólogo especializado, o algún colectivo con ganas de visibilizarse, inventase una palabra para multiplicar las clasificaciones. De este modo, al remitir a categorías que conllevaban una ubicación social, la noción de género se desligó también de la sexualidad objetiva. La sexualidad seguía refiriéndose a la mera apetencia o al objeto del deseo (“homosexual es aquel que ama a las personas de su mismo sexo”, por ejemplo); el género, a la percepción que el propio sujeto tuviera de su subjetividad sexual.

El género se convirtió en un rasgo de la psique; en tres palabras: se volvió metafísico.

Veamos, por ejemplo, estos ejemplos de géneros que nos ofrece la Wikipedia:

  • Cisgénero: Persona que se identifica con el mismo género que le asignaron al nacer.

[Obvio la cuestión de cómo pueden asignarle a uno un género al nacer, y no durante la educación o la crianza, que es cuando, según pruebas irrefutables, adquiere el infante la cultura y la ideología propias de su tribu]

  • Cissexual: Usado como sinónimo de cisgénero, se usa en ámbitos médicos preferentemente.
  • Transgénero: Persona que se identifica con otro género distinto del que le asignaron al nacer. En muchos casos una persona transgénero siente malestar (denominado disforia de género) hacia las características sexuadas de su cuerpo (disforia física) o debido a que le perciben como un género distinto al suyo (disforia social). Las personas transgénero pueden ser mujeres, hombres o no binarias (queergénero o cuirgénero).
  • Transexual: Término médico para las personas que desean modificar su cuerpo para conseguir una imagen con la que se sientan más cómodas (o aliviar un malestar, la disforia).
  • Cuirgénero/queergénero: Persona transgénero que se identifica con una identidad que no pertenece al binario hombre/mujer. Dentro de esta definición existen numerosísimas identidades de género. Se trata, por tanto, de un término “paraguas”.
  • Tercer género: Identidad distinta a hombre o mujer. Este término pertenece a culturas no occidentales ni blancas, y no debe usarse en Occidente puesto que es un concepto distinto de nuestras categorías de género. Existen numerosas formas de tercer género en culturas indígenas a lo largo de todo el mundo.
  • Agénero: Persona que no se identifica con ninguna identidad de género, y que, por tanto, se considera fuera de la clasificación de género en su totalidad.
  • Género neutro (neutre): Persona cuya identidad es neutra, es decir, considera que tiene un género y que su género está fuera del binario pero tampoco se identifica con identidades que muestran afinidad a roles femeninos o masculinos.
  • Intergénero: Persona intersexual cuya identidad se sitúa en un punto medio entre dos géneros, usualmente los binarios. Esta identidad pertenece únicamente a personas intersexuales, no debe utilizarse por parte del resto.
  • Andrógino/e: Persona cuya identidad es una mezcla en distintos grados entre mujer y hombre. También se puede usar como sinónimo ginoandros.
  • Bigénero: Persona que se identifica con dos géneros a la vez o de manera alternada.
  • Género fluido: Persona cuya identidad de género fluye a lo largo del espectro de género, entre dos o más géneros. Una persona fluida puede sentir cambios en su identidad que siguen ciclos más o menos largos, de años, meses, semanas o dentro del mismo día.
  • Poligénero/Multigénero: Persona con más de dos identidades de género.
  • Pangénero: Persona cuya identidad es inclusiva, perteneciente a todos los géneros. Este término se considera racista (para todas las personas, no solo las blancas) ya que no puedes apropiarte de géneros de culturas a las que no perteneces.
  • Semimujer/Semihombre: Persona que se identifica de forma parcial con uno de los géneros binarios. Por ejemplo, un semihombre siente identificación hacia partes de la identidad “hombre”, pero no siente una identificación al 100% (si fuese así se trataría de un hombre transgénero).

 

(Dos noticias)

Pues bien, hasta ahora he separado con bastante claridad las siguientes distinciones:

Sexo’ se refiere a los genitales de un sujeto cualquiera.

Sexualidad’, a su comportamiento y apetencias sexuales concretas.

Género’, a la identificación subjetiva que experimente con respecto a un rol social.

Bien. Adonde quiero llevarles, si aceptan estas premisas, es a estas dos noticias recientes con las que me he topado de sopetón:

Admiten que una persona pueda elegir legalmente no tener ningún sexo

Las nuevas normas sobre ‘género neutro’ permiten que los escolares elijan falda o pantalón en el uniforme con independencia de su sexo.

 

Ambas, a mi juicio, un auténtico disparate.

 

Gayers

 

 

(Sobre identidad sexual y DNI)

El peticionario es Jamie Shupe, que vive en Portland, Oregon [sic]. Es un sargento retirado del ejército que nació con anatomía masculina y que ha luchado para conseguir ser licenciado como una mujer. Jamie, que prefiere utilizar sólo un primer nombre y los pronombres “ellos” y “su”, en lugar de pronombres en singular, se sometió a diferentes tratamientos hormonales para conseguir una transición a mujer. Pero en última instancia, “ningún sexo”, se ajusta a su situación.

Por mucho que le pese al señor Shupe, sexos solo hay dos. El Estado, por lo tanto, actúa aquí como lo haría el forense de mi primer y brusco ejemplo: inquiriendo por los genitales de su ciudadano. Si el ciudadano se cambia de sexo mediante una operación, el Estado cambiará a su vez el sexo de su documento nacional. Pero no se puede “no tener sexo”.

“Sexos habrá dos”, se me objetará, “pero sexualidades hay muchas”. “Cierto”, diré yo. Sin embargo, al Estado le resulta por completo irrelevante, afortunadamente, la sexualidad de sus miembros, a los que concede, con toda la razón, absoluta igualdad de derechos. Salvo que dicha sexualidad atente contra las leyes del propio Estado, como en el caso de quien se acuesta con menores de edad.

(Voy incluso más lejos: indicar en el DNI que alguien es “homosexual” o “bisexual”, etcétera, sería, no solo no especificar su sexo, sino quizá hasta un modo de repugnante discriminación, bastante parecida a cómo los judíos, durante el tercer Reich, portaban su estrella en el brazo si se mostraban en un espacio público).

Además, el señor Shupe no reclama el reconocimiento legal de su sexualidad –nada se nos dice en la noticia acerca de sus gustos particulares–, sino de la identidad de género a la cual dice adherirse. “Se ajusta a su situación”.

DNI¿Y qué pimientos le pueden o le deben importar al Estado los sentimientos íntimos del señor Shupe, mientras lo clasifiquen genitalmente y sus prácticas sexuales no incumplan ley alguna? ¿Es que acaso el Estado debe ahora indagar en la psique de sus ciudadanos, a fin de que estos vean reconocidos en su DNI si son de género binario o qué piensan de sí mismos? ¿Por qué no, puestos a recurrir a identidades o sentimientos irrenunciables, determinar si acaso apoyan al Barcelona o al Madrid, si se sienten rubios aunque sean morenos, si aman a Cuenca más que al propio país, o si se identifican más con Nelson Mandela que con Martin Luther King? ¿Qué interés legal reviste lo que piense uno, no ya sobre su sexualidad, sino sobre su propio rol social? ¿También habrá que declarar si uno es de izquierdas o de derechas?

O mucho me equivoco, o no hay aquí sino una delirante concesión al narcisismo, así como una intromisión de lo privado en lo público. O sea, la inversión exacta de lo que se le debería pedir a la administración (salvo que a uno le apasione vivir en 1984 de Orwell).

Yo no quiero que se me considere cristiano, alto, feo o de género andrógino, sino –ante todo– ciudadano de pleno derecho. Y el Estado debe definir mi sexo, no por lo que yo considere sobre mi propia interioridad, sino sobre lo que un forense determine sobre mis genitales, al margen de cuestiones introspectivas y privadas. De modo análogo a cualquier otra discrepancia entre mi realidad corporal o mi físico: por mucho que yo me empeñe en que me siento como si midiera 1´90 metros, lo cierto es que no supero el 1´70. ¿Debería el Estado considerarme un gigante porque yo me sienta como tal?

El señor Shupe, creyendo que ha logrado un triunfo, solo abre las puertas a una futura y temible intromisión de los poderes estatales en la psicología particular. Sabiendo cómo se las gastan en USA con esto de los antecedentes judiciales, raro sería que de aquí a unos años no declaren todos los ciudadanos su género obligadamente, como ahora hacen con la religión.

 

(Uniformes y géneros)

Mayor es el dislate acaecido en Inglaterra. La función social del traje ha suscitado miles de ensayos al respecto, y con razón. Pero nunca, hasta donde se me alcanza, se había relacionado la vestimenta con el género o con la apetencia arbitraria de los niños por identificarse con roles sexuales que desconocen y que les son impuestos por los adultos.

En los niños, la diferencia de vestimenta se debe a la obvia necesidad de distinguirlos sexualmente, pues, desde recién nacidos hasta el desarrollo de los rasgos sexuales en la etapa previa a la pubertad, poseen una ambigüedad sexual que necesita aclararse de algún modo mediante el vestido (lo que ahorra la siempre incómoda tesitura de examinar para ello sus genitales).

Cualquiera sabe que un niño de 7 años, con el pelo largo y vestido de niña, parece, verdaderamente, una niña; igual que una niña con el pelo corto, si se viste con pantalón y camiseta masculinos, parece un niño. Por eso, y no por otra razón, se asocia a las niñas con el rosa y a los niños con el azul, y se les pone pendientes a las niñas y a los niños no.

Uniforme

En los adultos, el traje va sin duda vinculado al sexo, al oficio y al rango social. Cierto que la moda desempeña un papel nuclear en la elección de las de prendas, y que la moda en sí misma responde a múltiples motivaciones, pero la sexualidad, y más todavía el género, quedan obviamente subsumidos por esas tres categorías citadas: los médicos de género neutro no operan con un uniforme distinto a los demás; alguien de género fluido no hace la compra viste con falda y escote el martes, y chaqueta y corbata los viernes. Y, en cualquier caso, se trata de cuestiones referidas al mundo adulto, donde la conciencia social ya se ha impuesto con éxito sobre lo espontáneo o sobre los impulsos naturales.

Pero, ¿qué tendrá que ver esto siquiera de pasada con el uniforme escolar, cuya principal función reside, ni más ni menos, que en igualar socialmente a los estudiantes en cuanto a su aspecto, impidiendo para ello la comparación a través de la vestimenta, mucho más cara y resistente en el caso de los hijos de los ricos, los cuales puede permitirse mejores envolturas?

¿Y qué tiene de malo que las faldas y los pantalones, en sí mismos ideológicamente neutros, se usen para diferenciar, no sexualidades ni géneros (que eso a los niños les importa una higa), sino tan solo sexos, condición tan poco cultural en sí misma como la sed, el miedo o el frío?

Considerar que los problemas sociales y sexuales del adulto del mañana puedan siquiera enmendarse a través de la elección personal de uniforme, contando para ello con la volátil voluntad del niño (quien, con toda probabilidad, actúe coaccionado, siquiera veladamente, por sus padres) no solo revela una ignorancia suprema, y confunde sexo, sexualidad y género, sino que ni sospecha que los problemas sociales nunca desaparecen del todo, y que basta con pisar un bulto en la alfombra para que surja otro aún más grande merced al aire desplazado con el primer pisotón.

Por otra parte -he aquí lo más grave de todo- infiltra en el mundo del infante problemas coyunturales del mundo adulto. Problemas que solo preocupan a una minoría: no porque la mayoría viva en la ignorancia, como puede suceder con otros conflictos sociales tan reales como silenciados, sino porque son productos de una elaboración cultural absolutamente artificiosa y subjetiva.

 

(La estéril conclusión)

En efecto: cualquiera que analice a fondo la lista de géneros arriba enumerada se dará cuenta de que su número no puede considerarse cerrado ni exhaustivo, sino un mero reflejo de los esfuerzos, por parte de individuos o de asociaciones, por aportar un grado más de matices interiores a algo tan inasible como el deseo sexual.

Resulta irónico que el ser humano posmoderno, para desprenderse de los límites y roles sexuales que, según dice, tanto le constriñen, ¡no encuentre otro modo de liberación que adherirse a un rol sexual específicamente limitado (aunque sea para darse el gusto de negar el límite)! En cambio, no resulta nada irónico, sino más bien siniestro, que trate de liberar a los niños de tales roles obligándoles a escoger un rol desde su más pronta infancia.

Al fin y al cabo, uno no puede librarse de pertenecer a un sexo. Ni de situarse con libertad respecto al deseo sexual (el cual, se supone, emana de lo más profundo de la mente). Pero desperdiciar la oportunidad de mandar al carajo las definiciones, y por ende los géneros, es una oportunidad que nadie debería negarle a los pobres niños.

Pues los roles desaparecen cuando nadie se preocupa de rendirles ni el más mínimo respeto, o de hacerles el menor caso.

No, como sucede, cuando se les tributa la más atenta pleitesía social.

 

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