Lo nazi cotiza al alza

 

I

Acaso las épocas más alejadas de la razón sean aquellas que con más frecuencia caen en el anacronismo crónico. Acaso las épocas que luchan contra dicho anacronismo sean, en la Historia, una anomalía. Acaso, incluso, sea la Historia una anomalía en sí misma. En cualquier caso, notoria se considera la afección de la Edad Media por el anacronismo: encerrada en su orden eterno e inexpugnable, todo lo medía con sus propios parámetros. La vida de Alejandro Magno servía como ejemplo para el buen cristiano. Las ropas de los tres reyes magos y sus acompañantes se asemejaban, sospechosamente, a las de los nobles que luego contemplaban el retablo.

No vamos a describir aquí –por falta de espacio y, sobre todo, por falta de ganas– cómo se pasó de una cultura medieval tan anacrónica a una visión tan profunda como la que triunfó a finales del siglo XIX o a principios del XX, en donde sucedía exactamente lo contrario: el máximo rigor académico se conseguía cuando la perspectiva del experto lograba desaparecer por completo, y mostraba desnuda en su propio contexto la verdad de la cosa estudiada.

II

Uno sospecha que se acerca una nueva Edad Media –tecnológica, muy tecnológica: eso sí– cuando hasta la historia misma se convierte en ficción y objeto ciego de consumo. La risa tonta frente a una pantalla eléctrica o la venta del alma a precio de saldo: por ahí nos las van a dar todas.

He aquí la noticia con la que me topé ayer, mientras hojeaba el periódico:

Calzoncillos de Göring y calcetines de Hitler, a subasta en Múnich

La casa Hermann Historica, de Múnich, anuncia la venta de prendas de jerarcas nazis para el próximo sábado

Algún día alguien debería preguntarse en qué momento la Segunda Guerra Mundial dejó de simbolizar la contienda más monstruosa jamás pergeñada por el hombre para convertirse, no solo en un arsenal de villanos para la cultura popular, sino en algo tan coleccionable como los cromos o las chapas de las botellas.

Judíos

¿Qué son los personajes de Hitler y demás nazis afines, sino miembros egregios del Star system contemporáneo? ¿Por qué la moral y el decoro van a exigir que nadie pueda sacarse unas pelas vendiendo los sedosos –e inútiles– calzoncillos de Göring? ¿Con qué maldad negarle a un rico la posesión de un trozo de cuerda usada para ahorcar a los ajusticiados en Nurenberg? Si todo se compra y todo se vende, ¿por qué no la historia misma, al margen incluso de lo que impliquen sus hechos?

Cuando Hannah Arendt describió, con espanto, la heladora banalidad del mal, posiblemente no pensó en la aún más heladora capacidad de comercializarlo.

 

III

Siempre me han parecido perversas las visitas guiadas a Auschwizt (qué delicia, ese adjetivo, guiadas, ¿eh? No era plan de dejar que los turistas corretearan sueltos por ahí): el único motivo para ellas es el morbo, esa infame subclase de la frivolidad. “Impacta mucho, se le encoge a uno el corazón”, dicen los que allí han estado. Habrá que tomárselo como un cumplido hacia la efectividad del campo. “Me pareció un lugar de exterminio encantador”, también valdría. O, ¿por qué no?, “Estos nazis sí que sabían hacer bien un Holocausto. Ya solo con estar en Auschwizt lo notas. Por cierto, que compré un par de postales…”.

 

Auschwitz

 

El horror ante lo que significó Auschwizt no se alcanza visitándolo (aunque con un 4´6 de nota media debe de ser un campo de los mejores), sino comprendiéndolo, sumergiéndose en la historia pasada y en el contexto diario que lo hizo posible: sabiendo, con plena conciencia, que los hechos acaecidos en la Historia, mientras sucedían, también a sus contemporáneos les parecían normales e inevitables.

Lo normal e inevitable, hoy, consiste en privarles a las cosas de su sentido, para lanzárselas (como trozos de carne a lobos hambrientos) anacrónicamente al turista o al consumidor.

 

 

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