Migajas (2)

 

(Pecios, migajas, pensamientos, sentencias) Los aforismos son las conclusiones de una tesis cuyos preámbulos nos hemos ahorrado escribir.

 

 (Glosa al anterior) A veces uno adquiere de repente sobre algo una intuición tan inmediata que escribir trescientas páginas de introducción para justificarla le suena a pérdida de tiempo o a blasfemia. Como decía Jesucristo: “¡Quien pueda entender, que entienda!”.

 

(La imposible redención) Si el Infierno existe, y a expensas de cuantos horteras gusten de considerarlo una costumbre parisina inseparable del vino blanco en una terraza cercana a los Campos Elíseos, este debe de consistir sin duda en una habitación de dos metros cuadrados, en la cual el pecador irredento comparte espacio para siempre con un incansable acordeonista. De entre todos los instrumentos inventados por el hombre, solo este nos hace preferir la muerte a la eternidad.

 (La gota malaya) Las relaciones humanas, especialmente las más íntimas, rara vez se derrumban como un edificio dinamitado. Más bien se asemejan a esas inmensas lunas de cristal cuyas grietas pequeñas pero profundas avanzan silenciosas día tras día, sin que demasiados ojos noten nada, hasta que estallan hechas pedazos contra el suelo y quienes andan descalzos se cortan.

 

Migas 2

 

(Anti olimpíada) Así como los deportistas se entrenan con tesón para demostrar hasta dónde llega la voluntad del ser humano, hasta dónde sus límites mentales y físicos; y así como constan luego sus marcas en los libros de los grandes logros, cabría acaso concebir un registro de lo contrario: hasta qué punto podemos degradarnos, perder la dignidad, someternos al otro de modo servil, renunciar a nuestros principios y a nuestra conciencia, destruir nuestra propia psique en virtud de motivaciones vomitivas o lacerar nuestro propio cuerpo por causas irrisorias.

Mucho me temo que, si bien resulta objetivamente probable que ningún ser humano corra jamás cien metros en menos de 7 segundos, los niveles de abyección y miseria a los que podemos aspirar –así como los modos de alcanzarlos– escapan incluso a la imaginación más prodigiosa o al cálculo más elaborado.

 

(Sobre los sirios) La mala conciencia se asoma siempre por donde uno menos se la espera. Solo así me explico que la mayoría de la prensa y de las gentes del común sigan llamando “refugiados” a quienes, precisamente, carecen por completo de refugio. La cima de este inusual cinismo se alcanza cuando leemos titulares como “Setecientos refugiados han muerto esta semana en el Mediterráneo”; siniestro refugio aquel sin más techo que las nubes, ni más suelo que una tabla de madera zarandeada por el oleaje.

 

(Víctimas sin alma) Una frase habitualmente atribuida a Stalin –sin demasiado fundamento, por otro lado– dice así: “Una muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística”. No puede atinarse más. Solo mueren aquellos que poseen identidad; lo cual equivale a tener alma; lo cual equivale a tener rostro.

Bien se saben el truco esas películas que, obligadas a darle al espectador dos bandos absolutamente nítidos y diferenciados en su papel agonista (los buenos contra los malos), adornan de plena individualidad a unos y convierten en víctimas sin rostro a los otros. Así sucede en Star Wars, en Indiana Jones, en El señor de los anillos o en Piratas del Caribe: soldados imperiales o clones, nazis, orcos y esqueletos. Todos pueden morir a decenas, a centenas, a miles. Nada importa: la nobleza y la piedad de los buenos no se ve comprometida por la cantidad de crímenes que ejecuten. Lo que en otras circunstancias habría podido considerarse un auténtico caso de crímenes contra la humanidad, en dichas películas la humanidad desaparece ante la ausencia de rostro de los malvados.

Lo mismo ocurre con los zombies o con los vampiros, en la medida en que estos tampoco son humanos; y el mismo artificio se empleaba en 300 con los guerreros persas, pues todos vestían igual y llevaban máscara.

SoldadosPersas

Personalmente encuentro indignante este sucio truco artístico. Si el bueno ha de asesinar a cincuenta malos, lo valiente es que lo haga contra malos dotados de rostro y de alma. Ahí sí que el espectador se vería en una tesitura moral, con la ventaja de que se le estaría tratando con verdadero respeto, con madurez (algunas películas de acción de hace ya bastantes años, como por ejemplo Die Hard, y hasta algunas de Steven Seagal, resultan, en este sentido, admirables).

¿Cabría acaso recordar aquí que la Segunda Guerra Mundial la perdió Alemania, no porque Hitler y sus más afines siervos se suicidaran o fueran ejecutados, sino porque murieron en ella casi seis millones de alemanes, de los cuales dos millones fueron civiles bombardeados sin rostro?

 

(Derechos opuestos) Aunque nunca se den puros, y aunque siempre se encuentren en pugna, la batalla final la ganará, en el fondo, el iusnaturalismo. Porque, a diferencia de los más pugnaces iuspositivistas, los iusnaturalistas no se apoyan en la arbitrariedad sino en la constancia. El iuspositivista se ve obligado a aceptar que a veces la ley, siendo ley coherente consigo misma, carece de nexo con la realidad aunque se considere legítima. El iusnaturalista rechaza algunas leyes, por muy coherentes que sean, debido a que no las considera morales.

Entre la forma y el convencimiento moral, la humanidad (aunque pueda equivocarse gravemente y aunque ciertas morales haya sido a veces repugnantes) siempre ha preferido lo segundo.

 

(Podemos, populistas y demás ralea) Quienes más atacan a Podemos, con bilis y acusaciones apocalípticas, se ciegan ante lo obvio: se les rechace o se les acepte, Podemos son síntoma de un problema mucho mayor, igual que la fiebre es síntoma de una infección. Y así como una infección no desaparece porque se logre detener la fiebre (sino más bien al revés), un conflicto político no desaparece porque se logre detener a un partido en alza.

Cuando la voluntad de los mercados y la de los ciudadanos no coinciden, cuando la democracia y la economía luchan entre sí por intereses opuestos, el resultado -lo supo explicar Polanyi mejor que nadie- desgarra a la sociedad; no se puede servir a dos amos al mismo tiempo.

Mientras se eluda el debate sobre esta cuestión crucial y se desvíe tan solo hacia la cuestión política de a qué partido votar, caminaremos, con populismos o sin ellos, hacia un abismo cuya hondura todavía nadie puede prever.

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