La muerte y tu sueño

I

El kiwi, además de una fruta, es un pájaro australiano que no vuela. Yo no lo sabía hasta hoy mismo, cuando se me ha mostrado un cuento infantil de Carmen Posadas en el cual un perro descubre un huevo de este orondo animalillo, y posteriormente, en vez de comérselo, se hace cargo de su crianza.

(Si quieren saber más sobre las características de los kiwis, en este vídeo encontrarán la suficiente información).

Kiwi

II (Pequeño esbozo autobiográfico que pueden saltarse sin remordimiento alguno).

Mi desconfianza instintiva hacia los libros de autoayuda –desde la más temprana adolescencia, con ese rechazo irracional que me suscitaban los más repelentes títulos, allá en las blanquísimas estanterías de El corte inglés de Goya– y demás infames subproductos culturales del fracaso vital en occidente, siempre se ha sustentado en la oscura sospecha de que tomaban al lector particular por un ejemplo de imbécil general. “Si todos poseemos una naturaleza única y compleja”, me decía yo, “¿cómo va un libro, no solo a encerrarnos en una pauta, sino encima a solucionarnos los problemas que de ella se derivan?”.

El único libro de autoayuda que por entonces compré no era en sí mismo de autoayuda, sino más bien de psicología. Tenía yo catorce años, fui al quiosco a por un tebeo y me topé por casualidad en las estanterías con un libro sobre la adolescencia en cuya portada salía una preciosa y enfurruñada niña con pecas. Ignoro si mi atracción se debió a la niña o al título, o si a ambas cosas, pero me gasté el billete en él y lo devoré con avidez. “A ver si por fin entiendo esto que me pasa”, debí más o menos de pensar.

En efecto: me informé detalladamente sobre la normalidad de la masturbación, la rebeldía y sus manifestaciones habituales, el choque entre la infancia recién abandonada y el mundo adulto recién descubierto, los cambios hormonales y la curación definitiva que (de repente, de un día para otro, según el libro) acontecía con la madurez.

Los efectos de su lectura sobre mi futura psique resultaran a la larga seguramente lamentables, porque empecé a analizar a mis compañeros de clase (¡y a mí mismo!) en función de los patrones que me ofrecía semejante libro; libro, si mal no recuerdo, enfocado además por completo hacia el lector adulto, pues trataba de explicarle a los padres el modo más efectivo de lidiar con la inestable adolescencia. Lo leí y releí con mucho interés durante varios meses.

Maldigo desde aquí al azar que me llevó a tal lectura: para aniquilar la propia espontaneidad, para diluir un sentimiento, nada como centrar la conciencia sobre ellos. A veces me pregunto si contribuyó a adulterar, irremediablemente, mi propia adolescencia como tal.

(Por otro lado, me parece ese librillo ahora mismo un fantasma, pues en alguna mudanza lo perdí; y ahora no puedo ni dar con él en la lista de libros editados en España según el isbn. La niña de la portada, en blanco y negro y vestida de uniforme colegial, me recordaba a una compañera y aparecía en esta postura, como esta y esta: debe de ser la pose nihilista del adolescente estándar; la ira o la depresión maduras, más decorosas, no apoyan las posaderas en los suelos ni agachan la cabeza para no mirar).

 

III

Más adelante, ya en la universidad, hube de leer a Freud y de interesarme por la psicología. Mi rechazo hacia los libros de autoayuda no menguó tras ello, pero descubrí que había estado equivocado: el problema no consistía en que la autoayuda tomara al lector por un completo imbécil (que también, por supuesto), sino en su deliberada mala fe.

Autoayuda 1

Como se constatará al instante, un libro de autoayuda titulado “Cómo impresionar en las entrevistas de trabajo” no puede permitirse el lujo de explicarle a su lector la degradación humana que suponen tales entrevistas; no puede ni debe considerar el término ‘entrevista’ un nauseabundo eufemismo que se emplea para no decir, sencillamente, “te van a examinar como a una vaca en un mercado medieval”; ni puede criticar el hecho inaudito de que los psicólogos, de quienes se espera presten ayuda a los ciudadanos que padecen problemas mentales, desesperados también por encontrar trabajo, se vendan a las empresas para analizar durante las entrevistas cuándo el solicitante parpadea o cuánto suda; ni mucho menos le recordarán al lector que, si ha comprado un libro con semejante título, su desesperación laboral ya toca fondo: cosa lógica en un sistema demente que impone lo económico sobre lo social.

Pero si explicara todo eso no vendería ni dos ejemplares, y con casi toda seguridad saltara de la sección de autoayuda a la sección de política o sociología.

Pues bien: lo pérfido de los libros de autoayuda consiste en que descargan sobre el sujeto la responsabilidad tanto de sus éxitos como de sus fracasos, sin cuestionar si el contexto en que tales valoraciones subjetivas se inscriben representa de por sí algo cuestionable o relevante. Omiten, por tanto, cualquier crítica hacia lo social establecido.

 

III

Esto se demuestra con claridad en el siguiente ejemplo: un libro titulado “Aprende a que tu marido no te pegue tanto cuando bebe” constituiría un inmediato escándalo; y sin embargo la gente compra sin sobresalto (y sin interponer jamás una denuncia, por miedo a perder su empleo) manuales acerca de cómo se lidia con un jefe que abusa de su autoridad o se comporta a diario como un psicópata explotador.

Autoayuda 2(Durante los años en que la mujer dependía económica y legalmente del marido, los malos tratos se toleraban en silencio como un mal menor, dentro además de la necesidad social femenina de no convertirse en una solterona; comoquiera que ahora la mujer posee idénticos derechos que el hombre y que ya no depende de él en lo económico, la sociedad no tolera públicamente ni el más mínimo guantazo. Por analogía: como actualmente los abusos en el trabajo, o las horas extra no retribuidas, se consideran un mal menor dentro de la ominosa necesidad de venderse al mercado laboral, se admite que uno tolere a su vez a un jefe déspota. Las relaciones de dependencia contra las que solo se puede luchar mediante cambios legislativos o económicos excluyen la voluntad del sometido: no son, por lo tanto, asunto de los libros de autoayuda, que por algo incitan a la “realización personal” pero nunca a la “realización social”).

Una cosa puedo aducir a su favor: los libros de autoayuda, como la publicidad, resultan en sí mismos un insulto imperdonable a la dignidad humana, pero reflejan, como en un perfecto espejo, los valores ideológicos más puros de su época.

 

IV

Acaso la frase más vil de cuantas haya inventado la propaganda individualista del siglo XX sea la que le insta a uno a alcanzar “su sueño” (con absoluta independencia de que este sueño consista en exterminar a la raza judía o en comprarse un apartamento en Benalmádena: si bien en general “sueños” equivale a “dinero para algo” o, en su defecto, a “un trabajo en el que no me importe trabajar como una mula”), como si solo de uno, y de su sacrosanto esfuerzo, la cosa dependiera.

¿No resulta más fácil alcanzar los sueños, sean estos cuales sean, si uno es hijo de un banquero multimillonario? Y, cuando se cuenta que alguien humilde ha logrado un sueño más banal, como el de “conocer a Messi”, ¿no se está, en el fondo, despreciando al anónimo soñador y ensalzando la figura de Messi? Y, si en vez de Messi, se trata de algo como hacer paracaidismo, ¿no se está promocionando el paracaidismo?

 

El cuarto estado
Y estos, ¿qué sueño tienen?

 

Decía Jardiel Poncela que la mayoría de los sueños no se cumplen, sino que se roncan. Añado yo que la mayoría de los sueños no se sueñan, sino que se imitan. Lo que se sueña, pocas, muy pocas veces, emana de uno. Casi siempre consiste en un sueño que hemos visto ya cumplido en los otros, sobre todo en las ficciones televisivas, y para cuyo cumplimiento propio –infeliz casualidad– suele considerarse necesaria una ingente cantidad de esfuerzo, sumisión y hasta endeudamiento. Después, cuando hayamos perdido la mitad de nuestra vida, o toda, en pos de un soplo de viento, ya vendrá el Destino a decirnos implacable: “Mala suerte, muchacho, al menos lo intentaste”.

Pero nada de eso nos lastimaría tanto si nos diéramos cuenta de que la pauta común del sueño consiste en que constituye un escape de la realidad de nuestras vidas, que es lo que de verdad nos molesta y ofusca: sentirnos enajenados, exhaustos, inquietos, oprimidos, infelices, vacíos, en unas circunstancias que no hemos elegido y en un trabajo que nos entristece. He ahí el combustible del 95% de los sueños: huir de la propia vida.

Por eso yo no puedo escribir libros de autoayuda, y por eso les recomiendo a los soñadores, con retórica de Kennedy, que no se pregunten qué pueden hacer ellos por cumplir sus sueños, sino qué tipo de obstáculos económicos o sociales (o sea: políticos) se lo impiden. No sé si iba a ayudarles mucho, pero quizá más de uno se llevaba una sorpresa: mientras los hambrientos piensen que la hambruna es inevitable, los zares dormirán tranquilos en el Palacio de Invierno.

 

V

Les dejo ahora con el corto de animación más honesto, sobre esto de “los sueños”, que mis ojos jamás hayan visto. Lo protagoniza un simpático kiwi. Como buen individuo neoliberal, es laborioso, vive solo y no paga impuestos. Su sueño, por lo tanto, no incluye a nadie más (los sueños rara vez trascienden la esfera del narcisismo).

Espero que entiendan bien la moraleja:

 

 

¿No les parece una maravilla? Miren qué notaza tiene en Filmaffinity:

http://www.filmaffinity.com/es/film506327.html

 

VI

No puedo cerrar esta entrada sin una de las mejores reflexiones del ya de por sí insigne Theodor Adorno. Pertenecen a la “Dialéctica de la Ilustración”, a la parte de “Apuntes y esbozos”; en concreto, al apunte o esbozo titulado “Animal y hombre”:

 

La existencia sin la luz de la razón, que es la propia de los animales (…), sería el verdadero tema de la psicología, pues solo la vida de los animales transcurre guiada por los movimientos psíquicos (…). Cuando entre los hombres se recurre a la psicología (…), los hombres se convierten en cosas: el recurso a la psicología para comprender al otro es una desvergüenza, y para explicar los propios motivos mero sentimentalismo.

 

Si de mí dependiera, no se editaría en la UE* ni un solo libro de autoayuda ni de psicología que no llevara estas palabras impresas en la mismísima portada y en un tamaño semejante al del título.

*O lo que quede de ella a partir de hoy.

 

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