Pues no, los votantes nunca se equivocan

Gracias a varios conversadores de diversas redes sociales, he escrito esta entrada con el objetivo de razonar largamente, y hasta donde me sea posible, en contra de un tópico que socava (cual gota malaya) los fundamentos de la democracia y del Estado de Derecho: la idea de que los votantes se equivocan o aciertan al votar.       

Para leer lo que viene a continuación les pido tres cosas: paciencia, dejarse llevar por el texto y escuchar mis palabras sin ponerse de antemano a la defensiva. Como ven, nada que conlleve demasiado esfuerzo. 

Después leeré encantado todas sus respuestas, matices o réplicas.

Empezamos.

 

Urna

 

I. Los fundamentos

Conviene a veces recordar que el Estado de Derecho no se sustenta en los ciudadanos, sino en el derecho.

Conviene recordar que ese derecho del Estado de Derecho se sustenta, hasta donde le resulta posible, en fundamentos racionales supuestamente intrínsecos y universales, y no en el capricho de las circunstancias o del interés particular del legislador.

Conviene recordar que la noción de ‘ciudadanía’ es la relación que un ser humano particular establece para con su nación o Estado de Derecho.

Conviene asimismo recordar que la democracia no se devalúa por una mala condición moral o intelectual de sus ciudadanos, sino por la degradación de sus leyes, por una mezcla infame de los tres poderes en uno (en un Estado de Derecho deben estar rigurosamente separados), o por la imposibilidad fáctica de que la política se someta a la ciudadanía.

Constitución(Réplica: cierto que en materia de derecho surgen encendidos debates. Entre ellos, el más ilustre: iusnaturalismo contra iuspositivismo. Pero ambos suelen acordar un punto medio razonable, pues ni el más radical de los iuspositivistas diría que las leyes son mera obra del azar, y ni el más loco iusnaturalista negaría que a veces la naturaleza no aporta fundamentos legales para ciertos casos.

Cierto también que cuesta mantener los tres poderes separados; y que la política trata casi siempre de sustraerse al control de los ciudadanos. Pero el Estado de Derecho no es una realidad plena, sino un ideal hacia el cual acercarse. O, dicho al revés: un ideal del cual no alejarse).

 

II. Estado contra Estado

En ese ideal del Estado de Derecho no cuenta para nada la condición particular de la ciudadanía. Si una ciudadanía es racista, egoísta, agresiva, necia y oscura, ello no empeora ni mejora de por sí el Estado de Derecho, ni merma la condición ciudadana, con sus derechos y obligaciones.

Lo que sí merma, sin duda alguna, es la calidad de la sociedad. Y cabe preguntarse, con muchísima razón, si acaso un Estado de Derecho puede sobrevivir bajo la presión de sociedad tan infame; si sus leyes y sus razones podrán soportar el envite de una sociedad (que no de una ciudadanía) enferma.

Con todo, en ese caso extremo, lo que hay que proteger son las leyes y el derecho, la racionalidad y el sentido del Estado de Derecho. Y preguntarse, de manera honesta y analítica, qué motivos han llevado a la población a semejantes posturas ideológicas; para examinar mediante qué medidas puede el Estado de Derecho precaverse contra su propia desaparición.

Obviamente, se observará lo irónico de que el Estado de Derecho, para protegerse, limite derechos y libertades ciudadanas hasta convertirse en un Estado Policial o en una Dictadura: la fascinante paradoja de que se destruya a sí mismo para evitar que lo hagan los demás. Y sin embargo sucede más de lo que podría desearse.

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(Réplica: pese a todo, abundan los “estados fracasados”. Pero el fracaso suele llegar de que la población está enfrentada entre sí o tiene miedo; de que nada funciona; de que la sociedad, en fin, se ha descompuesto, no se considera integrada con sus semejantes. Se trata, a la postre, de un problema que trasciende la mera legalidad y hasta lo democrático).

 

III. El voto es neutro, lo que se vota no

Una vez asentadas estas premisas, lo diré sin rodeos: un ciudadano no puede equivocarse cuando vota. En la medida en que un Estado de Derecho permite el voto a una determinada opción política, se da por entendido que dicha opción es posible y tolerable, que dicha opción está jurídicamente aceptada por el Estado de Derecho, y que por lo tanto no contradice las bases del Estado de Derecho. Por lo tanto, si dicha opción es en sí misma legítima, igualmente legítimo resultará el voto de los ciudadanos que la voten.

Incluso en el caso extremo de que un partido, pongamos, se presentara a las elecciones proponiendo la legalización de la esclavitud; e incluso en el caso de que las ganase por mayoría absoluta, tal propuesta no podría realizarse en un Estado de Derecho: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, fundamento del Estado de Derecho, no lo podría tolerar. Si lo tolerase, el Estado de Derecho dejaría de serlo.

No obstante, semejantes propuestas suelen estar sancionadas de antemano: hasta donde se me alcanza, un partido semejante no podría ni presentarse a las elecciones, pues vulneraría tantos principios fundamentales que carecería de legalidad electoral.

Del mismo modo, un referéndum que planteara ¿Debemos apedrear a las adúlteras?” no resultaría ni siquiera realizable en un Estado de Derecho, incluso aunque las encuestas indicaran que el 99% de la población desease tal apedreamiento.

En fin, por decirlo de nuevo de manera diferente: los ciudadanos no se equivocan al votar, porque los ciudadanos votan lo que la legalidad vigente les ofrece.

 

IV. Aclaración sobre la democracia y sus límites

El nudo gordiano de la democracia y de sus males se encuentra en esta encrucijada: quienes denuestan la democracia lamentan los abusos de la mayoría, pero olvidan que la mayoría posee sus limitaciones en la racionalidad de las leyes.

La democracia del Estado de Derecho no es, ni debe ser, el gobierno arbitrario de las masas (un sistema así nos deja en las manos del azar más ominoso y terrible), sino el gobierno de las leyes que fundamentan la libertad de la ciudadanía y sus derechos y obligaciones. Una vez alcanzada esa condición, los ciudadanos votan sobre cuestiones relativas a muchísimas cosas, pero no sobre dichos fundamentos.

Y si los ciudadanos votan contra el Estado de Derecho, a lo mejor es porque les apetece una buena dictadura, pero entonces tampoco están equivocados: es que quieren otra cosa, y van a por ella con arreglo a sus infames fines. No podrían estar más acertados entonces.

Mas en un Estado de Derecho normal, el ámbito del voto está constreñido a los fundamentos antes mencionados. Por lo tanto, ningún voto permitido o legal puede socavarlo.

 

V. Los oscuros o necios motivos

Claro que un votante particular, en cambio, puede votar a un partido político, o a un “sí” en un referéndum, por motivos equivocados o por idiotez personal; por desinformación; por soberbia; por interés egoísta; por joder a su cuñado; porque le sale de los huevos; porque no tiene ni idea de nada; porque es un patán; porque su primo le ha dicho que es lo mejor; o por mil viles y nauseabundas razones. A ese hombre podremos acusarle de muchas cosas, pero no podremos decir que, como ciudadano, esté votando mal: podremos decir que sus razones para votar están equivocadas, o que no conoce la verdad del partido al que vota.

Pero ya hemos saltado de la esfera de la legalidad a la esfera de la subjetividad. Del acto a la intención. Del voto al contenido del voto. Del ciudadano en abstracto al sujeto concreto. O sea: hemos llegado al corazón mismo del debate político y de la libertad de expresión. El derecho a que cada cual exponga lo que piensa sobre la política, los motivos para votar a un partido o a otro, para votar por el sí o por el no, etcétera.

Dicho debate solo puede resultar sano si todas las partes acuerdan de antemano que un voto no resulta nunca equivocado o acertado, sino que acertados o equivocados son solo los motivos que lo sustentan.

¿Por qué es tan importante esa distinción, que a muchos puede parecerles tan, tan sutil? Por un motivo esencial: si se cuestiona lo primero (o sea, el voto), se cuestiona la raíz de la democracia, pues se establece una jerarquía entre votantes, lo cual atenta de manera explícita a la igualdad ciudadana y de manera implícita a la legalidad misma de la votación. Si se cuestiona lo segundo (o sea, los motivos), en cambio, se ejerce la necesaria libertad de argumentación y réplica.

En otro orden distinto, cuestionar el voto cataloga para siempre; cuestionar las opiniones no. Uno puede cambiar de opinión gracias al ejercicio del razonamiento, o merced al paso de los años. En cambio, uno ya no puede cambiar el voto que emitió hace cuatro años.

Creer que hay votos equivocados es condenar y culpar a los que votaron, quienes ya no podrán redimirse jamás de su acción, ni quitarse el estigma de la culpa.

Creer, en cambio, que hay opiniones equivocadas, nos obliga a combatir en el terreno de las ideas, en donde no hay culpables ni inocentes, sino gente debatiendo y hasta (en escasas ocasiones) razonando. Juzgar las opiniones ajenas es el fundamento de la democracia, pues presupone que nadie está perdido para la razón (aunque muchos, la verdad, lo estén).

 

VI. La ley de Godwin, que no falte

Apliquemos todo lo anterior al más famoso de los casos en que la democracia se considera desprestigiada, el lugar común más citado de la historia de las discusiones políticas: “Hitler llegó al poder gracias a que le votaron”.

Hitler 1

Quienes culpan a sus votantes como causa de los males del nazismo ponen el carro delante de los caballos y obvian todas las condiciones concretas que hacían sospechar hasta qué punto en Alemania apenas pudo mantenerse un decente Estado de Derecho tras la Gran Guerra: los nazis emplearon la coacción y la violencia, desde muy pronto, para amedrentar a sus rivales; su programa era abiertamente antidemocrático y antisemita; mintieron en un sinfín de planes e intenciones para atraer a las masas; se aprovecharon de la desesperación y la rabia que padecía Alemania desde el Tratado de Versalles; y, en fin, se alzaron con el poder en una República nacida de la improvisación histórica.

Uno duda, razonablemente, de que allí el Estado de Derecho funcionara como debía; también duda de que la sociedad estuviera en condiciones necesarias para ejercer la política con calma. O sea: no fueron los votantes de Hitler los que lograron que este y sus secuaces acometieran las maldades que les caracterizan, sino la falta de unas leyes que pudieran contener sus agresiones al Estado (¡estamos hablando de un tipo que quemó el Reichstag!), así como un momento histórico particularmente crítico. Tan responsables fueron las masas que apoyaron a Hitler en su ascenso para destruir la –endeble– democracia alemana como lo fueron de perder la Gran Guerra o de encontrarse de golpe con una hiperinflación estratosférica.

En ese contexto la votación no se ejercía bajo el marco de un verdadero Estado de Derecho. Y en cuanto Hitler encontró los apoyos suficientes lo primero que hizo fue exterminar a la oposición y finiquitar la democracia.

Quienes votaron a Hitler serían responsables de lo que sucedió después solo si aceptamos la premisa de que también fueron responsables del convulso contexto histórico que les tocó vivir y de las raquíticas leyes que protegían las condiciones ciudadanas y del estado.

Pero fue más bien al contrario: ejercieron su derecho al voto tal y como se les permitía, y perseguían sus fines votando a aquel que mejor se les ofrecía para ello.

Si de algo puede culpárseles sería de antisemitas, de antidemócratas o de idiotas desesperados. Pero entonces no votaron mal, votaron exactamente como deberían haber votado: al candidato más antidemócrata, más antisemita y más desesperado.

A los más fervorosos votantes de los nazis no se les puede acusar de irresponsables o equivocados, sino de tener  las ideas demasiado claras.

 

VII. Moraleja sobre el nazismo

Y aún nos queda otra lección más que aprender del nazismo, la conditio sine qua non de su éxito: el pensamiento fascista nace en una sociedad cuando un conjunto de la ciudadanía empieza a cuestionar a la otra parte por el hecho de ejercer determinado voto y no otro.

Mas para llegar a tales extremos es imprescindible decirse antes: “La gente no debería votar al partido X, porque es un mal partido” (juicio político normal), para luego decir por inversión “La gente que les vota es peligrosa e irresponsable” (juicio moral sobre la igualdad ciudadana, que amenaza de modo directo los pilares del Estado de Derecho).

Bordear esa línea es darle alas al nazismo contemporáneo, cualquiera que sea la forma que adopte. “Tú no mereces ser ciudadano”, “Esta gente es peligrosa y debe ser controlada”, “Debemos protegernos del invasor” son consignas repugnantes que se saltan a la torera el dique esencial del Estado de Derecho: “Volvamos las leyes más seguras y fuertes contra quienes quieran apropiárselas: hagamos que sean para todos y de nadie”.

(Acaso la macarrada más intolerable con que me he topado nunca sea esa frase que dice así: “Disfruten lo votado”. En ella el hablante se sitúa como por encima del resto, de manera soberbia y chulesca, como escupiéndole en el ojo a las víctimas de un mal gobierno. Ya no solo se juzga el voto como equivocado, es que encima se goza con los padecimientos de la población porque entre esta también se encuentran los que votaron a un partido. Vergonzoso).

 

VIII. Ejemplo reciente: el Brexit

Por lo tanto, lo reitero: nunca digamos ni pensemos que la gente se equivoca al votar.

Si pensamos que el Brexit constituye un error catastrófico, el error deberemos imputárselo al señor Cameron, por haberse atrevido siquiera a proponer semejante referéndum. Pero ¡no a los ciudadanos, por votar lo que buenamente se les ofrecía! Y si estos han votado por motivos equivocados, ¡es que así es la política!

Yes noSi queremos que algo no resulte siquiera posible, porque es racionalmente pernicioso, no demos ni siquiera la oportunidad de que se ofrezca en una votación. Pero si el Brexit se votó de manera legal, si no contraviene el Derecho Internacional, ni el Nacional del Reino Unido, ni los Derechos Humanos, ¿en dónde, santo cielo, reside el problema? ¿En qué la cosa no gusta a los mercados? ¿En qué genera inestabilidad política? Muy bien, esos serán motivos racionales excelentes para haber votado a favor de la permanencia. Pero no para cuestionar la validez del referéndum. Y menos aún para juzgar que los que votaron lo hacían equivocadamente o no. Solo faltara.

 

XIX. Pegas sobre la inteligencia o la preparación del votante

Habrá quienes, con mucha razón, piensen aún lo siguiente:

Te concedo todo cuanto has dicho. El Estado de Derecho es así, el referéndum fue legal y libre, y quienes votaron lo hicieron sin equivocarse. Con todo, creo que votar una salida de la UE tendrá malísimas consecuencias, y por lo tanto concluyo que la población es ignorante e irresponsable. No porque vote mal o bien, sino porque demuestra una falta de preparación intelectual, política y social manifiesta. Cuestiono que la gente esté, por lo tanto, preparada para votar con madurez. Lo mismo opino de España: votar a X solo demuestra que el votante no sabe lo que hace”.

Ante esta muy razonable réplica contesto:

Quizá llevas razón y los votantes no sepan lo que hacen. Habrá, por lo tanto, que esforzarse para que sí lo sepan. Deberían informarse de política, y estudiar bien la historia y el derecho. Deberían ser capaces de razonar con libertad, de participar en debates políticos con mesura (y no por soberbia ni para llevar la razón), de participar en las cuestiones públicas, de librarse de ideologías y de sandeces. También deberían dejar de cegarse ante el brillo de unas siglas, precaverse contra la propaganda y la manipulación, desconfiar de la construcción mediática de los mensajes, examinar las cuestiones sociales con verdadero tino, y preocuparse por encontrar la verdad con honestidad y rigor. Solo así serán responsables y votarán con cabeza”.

Pero en un mundo dominado por la racionalidad económica, en el cual la jornada laboral monopoliza la vida de los seres humanos, que somete la educación a la mera fabricación de futuros trabajadores, que fulmina las humanidades (filosofía a la cabeza) por considerarlas poco productivas, que todo lo desprecia mientras no genere beneficios, que deja cada vez menos tiempo libre para el debate y el pensamiento, que atonta con medios de comunicación, videojuegos, pornografía, consumo, clichés, redes sociales, narcisismo y ocio nocturno… ¿de verdad puede uno esperar que la razón y la prudencia vayan acaso en aumento?

Filología UCM

¿No será la mismísima sociedad la que se está entregando a una inercia que le pone un palo de acero en la rueda de la bicicleta democrática? ¿No será que la gente razona con mal tino cuando vive sus vidas precariamente, o vota con miedo, o vota con rencor (o sea, emocionalmente)?

¿Y no será, a fin de cuentas, que mientras los intereses de la economía y de la democracia parezcan ir por separado (reformas laborales que satisfacen a los mercados pero no a los trabajadores), o hasta en franca oposición, estamos condenados a la perpetua esquizofrenia? ¿No es este nuestro contexto histórico, igual que el nazismo tuvo el suyo, y la Revolución de 1848 el suyo? ¿Y no son los momentos históricos tensos los más proclives a generar sinrazones?

 

XX. Conclusiones y profundización

Los votantes, por lo tanto, nunca se equivocan.

Incluso aunque particularmente sean, uno por uno, imbéciles.

Porque los votos a una u otra causa no son causa de nada: son síntoma. 

(Los que sí pueden equivocarse, sin duda, son los gobiernos y los parlamentos: hasta ahora los he mantenido escrupulosamente al margen, porque darían para bastante más extensión).

Cuando una votación no nos guste, o nos parezca objetivamente desastrosa, nuestros ojos han de saltar sobre los votantes para volverse sobre dos preguntas mucho más relevantes, y relacionadas entre sí:

1- ¿Cómo afecta esto al Estado de Derecho y cómo reforzarlo frente a los avatares históricos?

2- ¿Qué condiciones sociales y culturales concretas están devaluando, tensando o destruyendo la calidad del sistema democrático?

 A mi parecer, culpar a los votantes o pensar que se equivocan es errar el tiro en el análisis.

(Y, sobre todo, resulta algo asombrosamente estéril: incapacita para entender nada de lo que está pasando, porque uno puede estancarse en ello y no ir más allá).

 

 

Gracias a los que hayan llegado hasta aquí con toda su santa paciencia. 

Y a Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico, sin cuyos preclaros libros (especialmente ‘Educación para la ciudadanía’ y ‘El naufragio del hombre’) este artículo no hubiera sido posible. 

 

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3 comentarios en “Pues no, los votantes nunca se equivocan”

  1. Si los votantes no pudiesen equivocarse al votar… con tantas elecciones y referendums que hemos tenido estaríamos viviendo en el paraiso de la felicidad y alegria infinita. La cuestion sería tan simple como meter las opciones de voto en un bombo y votar al azar. Y no me digas que si despues de votar, la opción elegida no hace lo que sus votantes le demandan no es culpa de sus votantes, porque si hay algo de lo que tiene que estar convencido un ciudadano es que cree en su voto es que la soberanía reside en el pueblo., y que si uno engaña es porque otro peca de inocente. Y si un gobernante plantea un referendum y eso se puede considerar un error, la sociedad vuelve a tener la opción de acertar y equivocarse y la soberanía vuelve a residir en el pueblo. Una cosa mas conveniente seria decir que votar es siempre un acierto, pero que no todas las opciones son igual de buenas, que es muy dificil de saber de antemano cual es la mejor de modo que cada uno vote conforme su criterio y experiencia. Esto del criterio es tan importante y tan personal, que deberia ser una auto-0bligación auto-impuesta instruirse en conciencia antes de tomar decisiones tan importantes. Si tiene consecuencias negativas podriamos decir que serian consecuencias justas (no buenas), afortunadamente la democracia retorna ciclicamente y se puede rectificar, aunque a lo mejor no recuperar lo perdido (o por qué crees que se vota a cada 4 años?).

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