Alcalá contra Fray Luis (hechos contra pensamientos).

I

Ayer pasé el día en la vetusta y hermosa villa de Alcalá de Henares. En la pared del Colegio de Málaga (la facultad de Filosofía y Letras de la UAH) me topé con la siguiente placa conmemorativa:

Fray Luis placa

Al lector habitual de Fray Luis las infidelidades al texto le resultarán de inmediato visibles.

En el segundo verso, de manera no solo infiel sino agramatical, se convierte el complemento de régimen en un complemento directo: lo cual altera además el cómputo silábico. En efecto, allí donde Fray Luis escribió:

(…) la del que huye del mundanal ruïdo

En el texto se nos transcribe:

(…) la del que huye el mundanal ruido.

Como sabe cualquier hablante analfabeto del castellano peninsular (y también, supongo, hispamoamericano), el que huye, huye “de algo”. Si en la estructura del verbo ‘huir’ se introduce como argumento un sintagma nominal, este cumplirá la función de sujeto: “El mundanal ruido huye” quiere decir que el mundanal ruido pone pies en polvorosa.

Pero además, como el lector habrá también notado, se ha suprimido la diéresis de la palabra “ruïdo”, necesaria para alcanzar las once sílabas que exige ahí el endecasílabo. Bien puede deberse tal omisión al deseo de que la lectura no les resultase extraña a los turistas extranjeros (hasta ahí llegan mis suposiciones), de tal manera que el nativo pudiera sin embargo aportar la separación silábica pertinente; pero ni siquiera así acabo de entender el estropicio. Se trata de una de las estrofas más conocidas de la lírica castellana de todos los tiempos y la licencia ortográfica me sigue pareciendo rara. Si el texto se lee atendiendo a la letra escrita de la placa, el oído percibe tan solo nueve sílabas.

Remata este desastre general el último verso, “los pocos sabios que en el mundo han sido” partido ahí en dos innecesariamente; lo que obliga encima a la colocación de una barra al final de anteriores versos:

¡Qué descansada vida /

Quienes no reparen en ello pensarán que la estrofa -una lira- consta de seis versos y no de cinco.

 

II

No sorprende que un alcalde o un concejal del ayuntamiento -los responsables de la colocación de tal placa- puedan perpetrar semejante atrocidad filológica. Sí que no tuvieran ni siquiera la cortesía de consultarle, no digo a un experto, sino a un estudiante universitario de cuarto curso de lengua española.

Se trataba de algo tan sencillo, algo tan nimio y hasta banal, que más bien uno se pregunta intrigado qué razones podrían moverles a hacer lo contrario: o sea, a no consultar nada de nada, a no pedirle a un experto ni la mínima opinión sobre la placa. Como en asuntos así uno suele encontrarse con el habitual relativismo (“Pero qué más da”, “Lo importante es que la placa esté ahí”, “Eso solo le importa a cuatro lectores como tú, a la gente le da lo mismo”), tiendo a pensar que también en la elaboración de tan espantoso mojón conmemorativo se conjugaron las mismas necedades. “Se lee bien”, “Ha quedado bonita”, “Pues ya está”.

De tal modo que cualquier queja objetiva sobre la vergüenza que una placa tan patéticamente paleta como la que fotografié pueda suscitar, quedará de inmediato convertida en el lamento inútil de un espíritu inquisidor, preocupado por tonterías.

 

III

Mucho me temo que esa actitud no solo dice más de nuestro mundo de lo que a ella misma le gustaría; sino que establece de manera precisa (y no se me ocurre mejor ejemplo que la placa en sí misma) cómo cada vez nos preocupamos más por los fines que por las cosas en sí mismas. Cómo el hecho real en sí suprime y se opone a la verdad misma.

Por decirlo con sencillez: si lo que se quiere es una placa, lo importante es que haya placa, y punto. El texto al que se supone consagrada se reduce por ello hasta lo irrelevante o lo anecdótico. El contenido no supone más que una ocasión para ennoblecer, con una rancia dosis de tradición cultural por lo demás innecesaria, la fachada del edifico. Purito narcisismo local. Lo de menos es Fray Luis; y mucho menos aún lo que dijeran sus poemas.

Quienes piensen que, al menos y como consuelo, las ciencias puras siguen por encima de los hechos no se percatan de que, siendo cada vez ellas mismas fabricadoras de hechos (económicos, estadísticos, arquitectónicos, tecnológicos), deben su fidelidad al hecho mismo y no al revés.

Fórmula

 

A quienes hacen nuestro mundo -a los poderes ejecutivos, en el sentido más amplio del término- no les importan el conocimiento o las verdades, ni siquiera las científicas: les importan tan poco como las cuestiones filológicas. Lo que les importa es que esas verdades y esos conocimientos les ayuden a ganar más dinero en bolsa; les arreglen las estadísticas; les permitan construir edificios que no se derrumben para que no les demanden luego; o les fabriquen aparatos electrónicos rentables. La verdad, en sí misma, venga de donde venga, les importa una higa.

 

IV

Esta irrelevante y banal placa constituye un símbolo más -para quien sepa verlo- de la dejadez con que, poco a poco, van ganando terreno público la eficacia o la eficiencia (pertenecientes ambas al reino crudo de los hechos y del dinero: piénsese en cómo nada eficaz ni eficiente genera un déficit elevadísimo), mientras se arrinconan y olvidan las nociones del rigor, el método y el celo cuando de realizar una tarea se trata.

Las razones del conocimiento reglado y riguroso no entienden de efectividades ni de prisas; y menos aún de irrelevancias o de banalidades. Lo mismo vale un puente bien hecho que un poema bien hecho: las cosas, puestas a hacerse, que se hagan bien.

En ese desprecio por el trabajo bien hecho -sometido al criterio de la utilidad inmediata, principalmente económica- se esconde la trampa teológica de nuestra supuesta política laica: cada vez se piensa más en el hecho en sí mismo, en el logro del golpe en la mesa y el rédito inmediato, que en cómo este se realice o perdure.

El corto plazo, santo y seña del imbécil, se convierte en norma. Y “lo cutre” o “el error”, por salvajes o evidentes que sean, se toleran mientras no pongan en entredicho la eficacia de lo pergeñado.

De pensar en la eternidad y en las verdades impersonales del saber, que se ocupen otros.

(A poder ser, en su tiempo libre y sin incordiar demasiado).

 

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