El monopolio de la chusma

Chusma

I

Nunca me ha parecido que aquella frase referida a los ilustrados -“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”- albergase en el fondo un matiz peyorativo: al revés, la considero tan moralmente honesta como históricamente descriptiva. Su preocupación era el pueblo; pero este carecía de la instrucción necesaria para saber qué le convenía y qué no, y además se dejaba engañar por la superstición y por la Iglesia mientras la alta nobleza le usurpaba la soberanía. En un sentido muy preciso, la Ilustración fue un movimiento contracultural y antisistema (anti antiguo régimen); parte de su fuerza se debió al hecho de que no pretendía dialogar con las masas, sino imponerles las mejoras objetivas para que esta se liberase a sí misma de los yugos impuestos, pero por un camino que los ilustrados ya sabían de antemano, porque lo había teorizado. Los villanos, para la Ilustración, estaban muy bien definidos: el clero sangrante y la nobleza ociosa. Las víctimas también: los pueblos oprimidos por sus usurpadores.

II

Actualmente, la distinción entre masas y élites ya no se establece según la cultura o el refinamiento de los sujetos, sino mediante distinciones principalmente económicas: incluso la misma palabra ‘élite’ se carga en ocasiones de matices peyorativos, como bien supo explotar Podemos cuando habló de la casta política.

Pero, ¿cómo puede hablarse de casta sin hablarse de chusma? ¿Y dónde está la chusma cuando hay democracia? ¿No serán chusma aquellos ignorantes que defienden a quienes les tratan a patadas? ¿Cómo puede uno defender al pueblo cuando este mismo vota convencido a sus verdugos? ¿A qué sector de la población se dirige uno cuando busca al oyente ilustrado o sereno, y no al exaltado pelagatos que vota a los poderes más infames que concebirse pueda? ¿No es, a la postre, enemigo del pueblo ese mismo pueblo al cual se desea salvar?

 

III

Desde el momento en que hablar de chusma es políticamente intolerable, salvo para culpar a hordas de la población de todos los males posibles, el discurso social se vuelve contradictorio; y, por lo tanto, insostenible. Porque además, al mismo tiempo y desde otro ámbito, sí se fomenta la fe en unas elites bien formadas: los economistas. Solo ellos, de entre todas las profesiones, se revisten ahora de un halo de santidad superior al resto.

Economía

Un economista mediático atesora –incuestionable y henchido de prestigio– todo cuanto puede exigírsele a un hombre de bien. Los economistas sí son aptos para guiar a las poblaciones por caminos peligrosos y hasta arriesgados; y a las poblaciones no les queda más remedio que entregarse a ellos, aunque sus decisiones resulten absolutamente impopulares e incomprensibles. Entregados al eterno mañana, incapaces de asumir sus errores o de sospechar que sus propias creencias son falsas (un economista siempre podrá explicar qué factores externos hicieron fracasar su impecable plan), considerándose a sí mismos la encarnación de la verdad revelada, los economistas constituyen hoy la clase sacerdotal por excelencia. Nadie puede acusarles de irracionalismo, ni cuestionar con criterio y argumentos los sofismas de su fe: se quitan de en medio a los críticos con un gesto altivo de asco, o les acusan de no conocer las reglas básicas de la mismísima existencia.

(Coja el lector por banda a un economista moderno y ortodoxo y dígale que la vivienda debería estar excluida por ley de la especulación financiera: observe cómo se revuelve y le manda a paseo).

La izquierda, al mismo tiempo, rehuye hasta el papel de élite intelectual que antaño se adjudicó. Y si no lo ha rehuido, sin duda se lo han quitado.

 

IV

PablemosEn ese cruce de tensiones se encuentra la democracia en la actualidad; y acaso quede poco para que muchos empiecen a cuestionarla como un sistema bueno de por sí. La izquierda no quiere asumir que parte de la población sea idiota o esté adocenada, y trata a su vez de adocenar a las masas para su causa, como si hacer política fuera vender un crecepelo. Resulta descorazonador presenciar cómo a la izquierda no le basta con enarbolar orgullosa el asta de la razón y de la defensa de los parias, sino que debe venderse a sí misma con la misma eficacia mediática que un anuncio de champú.

“Modernizarse”, lo llaman.

La derecha, en su lucha contra el populismo, cada vez se ruboriza menos si sugiere sutilmente que ciertas clases (las bajas, sobre todo) son un estorbo para el estado. Con la excusa de que nada puede interferir en la buena marcha de la economía, se cuestiona la capacidad de votar de los británicos en el Brexit y el entendimiento político de las poblaciones, así como se justifican los sufrimientos de una nación con el tautológico y fascista “disfruten lo votado”, ese nauseabundo noli me tangere que explica y hasta valida como necesarios todos los horrores que está padeciendo Grecia, por ejemplo.

A eso se le suman los rescoldos de ese arcaico clasismo de salón, en el cual la vestimenta, las formas y la cultura desempeñan su función callada de segregadores sociales. El consumo de ocio y de aparatos tecnológicos especialmente.

Durante los próximos años, cuando la educación haya bajado aún más, y la gente sea menos capaz de entender lo político, y el estado languidezca por falta de fondos, no sería extraño que el discurso retrocediese doscientos años y empezara a hablarse de verdadera chusma, o a pedirse restricciones en el voto.

Tal vez Donald Trump sea un adelanto de lo que se nos avecina, pues lo que se denomina “populismo de derechas”, y que yo llamaría más bien “elitismo para masas”, parece avanzar en Europa por idéntica senda.

 

V

La izquierda perderá esta batalla si antes no lo remedia.

En el discurso de la izquierda no cabe ya el odio a la chusma ni a las gentes sin inteligencia, a las que despreciar como si fueran sabandijas nauseabundas: si la izquierda justifica seriamente la muerte de una mosca en nombre de las necesidades de su causa, estará atrayendo sobre sí todas las maldiciones contra el totalitarismo y el comunismo de los cien millones de muertos.

En cambio, el discurso de la economía sí justifica el exterminio triste pero inevitable de quienes se oponen a los planes del capital. Chusma es quienes votan o piensan en contra de los mercados. Chusma y gentuza, quienes no aceptan que el pasado no se puede modificar y que el presente es el mejor de los mundos posibles. Chusma los anti sistema y chusma los que profetizan calamidades nacionales.

 

Populismo

VI

Ya casi nadie repara en la siguiente ironía: la izquierda, que se pretendía internacionalista, queda cada vez más confinada a gobernar por provincias, por ciudades y hasta por pueblecitos. Solo así puede –porque la dejan, ya que no molesta mucho– hacer una política “de izquierdas” impensable en un gran estado. Y la derecha, silenciosamente y aliada con los poderes financieros, tiene ahora tanta movilidad y tanta ubicuidad como la luz en el espacio cósmico.

A esta ironía poco constatada se le añade una nueva cuadratura del círculo: la izquierda, para no caer en el abismo de su propio pasado, debe creer y proclamar que el pueblo es bueno, es sabio, es noble y sabe lo que hace. Y eso no solo es mentira, sino que le sirve a la derecha para ejercer con más efectividad su dominio ideológico.

La izquierda no sabe ni cómo ni dónde ponerle el cascabel al gato. ¿Se imaginan ustedes a Pablo Iglesias diciendo que la gente está alienada, que no saben lo que votan, que se equivocan al entregar sus vidas al capital y que ellos, los de Podemos, han venido para darle voz a la razón y liberar al pueblo de sus ataduras intelectuales, porque ellos sí saben lo que es bueno para todos?

Yo tampoco.

Pero en esa imposibilidad perpetua se sustenta el triunfo incontestable de la derecha y de las ciencias económicassolo ellas monopolizan, en su discurso, el odio contra la chusma. 

 

 

P.S: Les muestro este excelente vídeo de Pérez Reverte hablando de ‘casta’ un año antes de que apareciera Podemos en el horizonte. A ver si tienen ustedes testículos para mirarle a los ojos y llamarle ‘populista’:

 

 

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