Lecciones sin complejos

Hay dos expresiones que a un oído atento no deberían resultarle jamás gratas cuando se aplican a los asuntos políticos o de opinión social. La primera, hablar (o actuar) sin complejos; la segunda, no aceptar lecciones de nadie.

I

Quien habla sin complejos, ¿cómo y por qué habla? ¿Qué compromiso contrae con el contenido de sus afirmaciones? Comparémoslo con hablar sin miedo y con hablar sin rodeos.

Imaginemos que alguien debe revelarnos una información muy relevante. Si le decimos que hable sin miedo, estamos instándole a que diga toda la verdad sin temer ninguna consecuencia. Si le decimos que hable sin rodeos, estamos pidiéndole que no se vaya por las ramas, que no adorne su verbo, que se exprese de la manera más directa posible. En ambos casos presuponemos que nos va a decir una verdad; pero que dicha verdad no se muestra pura porque, o bien el hablante tiene miedo, o bien se embrolla.

¿Pero qué pasa cuando a alguien le decimos que hable sin complejos? Obsérvese que hablar sin complejos carece de sentido en un contexto de neutralidad expresiva. Yo puedo decir sin miedo que “vi a tu madre ayer en Madrid” (en un contexto en que se suponía que su madre estaba, por ejemplo, en otra ciudad); yo puedo decir sin rodeos que “he visto a tu madre aquí”. Pero nadie diría sin complejos que “tu madre estaba en Madrid”, porque para decir eso no hay complejos que lo impidan de antemano, incluso aunque fuera un gran secreto.

Los hechos que de por sí no admiten ofensas verbales no pueden expresarse sin complejos. El habla sin complejos no tiene que ver con la trascendencia de lo dicho: no puede transmitirse sin complejos el código secreto más importante del mundo para el MI-6; pero sí puede transmitirse sin miedo y sin rodeos.

dialogo

Hablar sin complejos no se relaciona, por tanto, con la verdad o con la mentira de lo afirmado, ni con las relaciones que el hablante establezca hacia el contenido objetivo de su información, sino con la forma: solo cuando uno es grosero, cuando se salta todas las normas sociales de pudor verbal, puede hablar verdaderamente sin complejos.

O sea: ante el descubrimiento de una infidelidad, hablar sin miedo y sin rodeos bien pudieran producir la frase “Manolo, tu mujer te engaña con otro”; pero en un habla sin complejos más bien sería “Manolo, se están follando a tu mujer”.

Quien habla sin complejos no habla para decir verdades impopulares pero honestas (como a él le gustaría), sino para permitirse el lujo de ser un maleducado sin que deban criticarle por ello. El juego de quien habla sin complejos consiste en lo siguiente: al confundir el contenido con la forma, puede achacar el rechazo del contenido al rechazo de la forma. De esa manera, quien discrepe de él no lo hará porque el contenido le disguste, sino porque la forma le acompleja.

En los casos más extremos, hablar sin complejos consiste en decir auténticas barbaridades de dudosa moralidad. Pero quien habla sin complejos, que ya ha arrojado la razón por la borda, se recrea en el escándalo con esa actitud hispánica tan típica del palillo entre los dientes, la copa en la mano y la mirada sonriente de complacencia narcisista.  “Yo digo las cosas claritas”, “A mí me da lo mismo lo políticamente incorrecto” o “las cosas hay que decirlas bien claras”.

 

II

La frase “no admito lecciones de nadie” no necesita tanto análisis: constituye un ejemplo puro y duro de soberbia. ¿Quiénes somos nosotros para negarnos a escuchar, aunque sea por educación, las razones que otra persona puede alegar sobre algo? Lo lógico es que si alguien nos alecciona, rechacemos sus lecciones por motivos intrínsecos; o que no saquemos nada en claro porque sus lecciones resultan torpes. ¿Pero qué es eso de que alguien, por su propia esencia infalible, no acepte lecciones de nadie? Y quien dice “lecciones” dice “opiniones”: lo normal es que las lecciones nunca sean tales, sino críticas o juicios externos no muy favorables, a los cuales no interesa contestar.

 

Ahora les propongo un juego: pongan en Google “sin complejos” y “lecciones de nadie”, y traten de encontrar los vínculos comunes que comparten la grandísima mayoría de quienes con más frecuencia emplean esas expresiones.

No creo que les sorprenda lo que van a encontrarse.

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