La familia tradicional

Todo el mundo sabe que cuando se defiende la familia tradicional en realidad no se defiende casi nada, sino que se ataca a la pareja homosexual. Sin embargo, a veces me pregunto qué clase de familia es la tradicional; en qué consiste esa tradición que con tanto ahínco se debe proteger de los peligros externos.

Si evoco las estructuras familiares de la literatura o la historia que he leído, constato que resulta raro encontrarse en nuestra cultura mediterránea o hispánica con una familia tradicional tal y como ahora se la concibe: con una madre, un padre y un hijo. Por lo general, tanto ricos como pobres solían tener más de un solo hijo; y muy frecuentemente más de dos o de tres. La crianza de los niños (como con tanto tino y tanta profundidad presenta el asunto Carolina del Olmo es su imponderable libro ¿Dónde está mi tribu?) no quedaba a cargo solo de los padres, sino de toda una red de familiares más o menos cercanos, de vecinas, de amigas o de criadores a sueldo; de tal manera que el infante no solo se relacionaba con su madre o con el espacio privado de su propia casa, sino que dependía de muchas personas y frecuentaba ámbitos ajenos día tras día. Claro que las circunstancias dependían del nivel de renta, pero la crianza compartida siempre fue la norma y no la excepción.

Suelo decir, medio en broma medio en serio (pero más en serio de lo que algunos estarían dispuestos a creer), que los burgueses eran gente que sabía vivir bien la vida: gustaban del arte, de la comida, del ocio, de las relaciones sociales, de los viajes y del propio cuerpo. Por supuesto que no todos, pero al menos esas eran sus aspiraciones ideales. Pues bien: los burgueses –así como los aristócratas– del siglo XIX evitaban como fuera posible la crianza de los propios hijos, delegando para ello en una serie de empleados domésticos (nodriza, institutriz, preceptor…) que se ocupaban de ellos hasta bien entrada la adolescencia. Coincidían con sus hijos en el ámbito doméstico constantemente (dejo aparte la cuestión de los internados), pero no se implicaban de manera tan personal en su educación; y, desde luego, no fundaban su identidad interior en sentirse unos padres realizados o competentes. Alguna razón tendrían para ello.

Los pobres, por otro lado, no podían sustraerse a la tarea de criar ellos mismos a sus hijos, pero dicha tarea recaía en las mujeres, y estas tendían a ayudarse entre sí de manera solidaria y poco exclusiva (hasta el punto de que, si un niño no se separaba de su madre, se decía que estaba ‘pegado a las faldas’).

Con todo, en ambos casos y al margen de la clase social a la que perteneciera la familia, esta se componía casi siempre de una ingente cantidad de miembros cuya consanguinidad instauraba unas inmediatas relaciones de dependencia y obligaciones morales: basta con tomar la biografía de cualquier escritor –y me atrevo a considerar hasta a aquellos nacidos en los siglos de oro– para toparse con retahílas de tíos, primos, sobrinos, cuñados que intervienen en la vida del biografiado. Ninguna infancia tradicional se vivía sola; ninguna crianza era exclusiva de los padres.

familia-tradicional

El mundo actual, por lo tanto, debería resultarle aborrecible a cualquier defensor de la familia tradicional. Ahora hay una mayoría de niños que se crían solos, sin padres y sin madres (los cuales están trabajando), seguramente frente a una pantalla de ordenador, de televisión o de consola. Niños que no salen de sus pequeños cubículos privados. Niños que ven a sus tíos dos o tres veces al año. Hijos únicos por la falta de medios y de tiempo para mantener a más progenie. Hijos de padres cada vez más mayores y cansados.

Las comidas tradicionales, en las que los miembros de la familia se sentaban a compartir la comida y a hablar, o se han reemplazado por una visión conjunta de la tele, o no existen porque cada miembro come o cena a una hora distinta.

Lo que antes consistía en un nutrido grupo de seres humanos criando en común a un niño y relacionándose entre sí, se ha convertido –por obra y gracia de la economía– en un padre y una madre viendo a su hijo solitario a deshoras, confinados los tres en un piso.

No digo nada original. Marx y Engels ya lo señalaban explícitamente en su Manifiesto comunista.

Pero nunca dejará de asombrarme que los denominados conservadores de la familia tradicional yerren tantísimo cuando tratan de identificar sus mayores amenazas. Nos lo ilustra aquel maravilloso librito de Carmen Martín Gaite: al menos las familias tradicionales, durante el franquismo, sabían bien quién era el verdadero enemigo: el consumo, la moda, lo ostentoso, lo tentador. Tenía sentido dentro de una óptica cristiana de represión y de carestía, porque todo lo que alimenta el deseo personal desata fuerzas y tensiones incontrolables en las relaciones humanas.

En algún momento entre 1976 y 1995, mientras la religión decaía y el escándalo más superficial se apoderaba de la sociedad clásica y rancia, el Mercado entró con fuerza en este país (en todo el Mediterráneo, por desgracia), los horarios se flexibilizaron, la vida se privatizó, los niños se convirtieron en objeto de consumo de unos padres exhaustos por el trabajo o por no llegar a fin de mes, los familiares desaparecieron hasta las navidades o los festivos de guardar, la vida en común saltó por los aires, los hijos se empezaron a criar solos y la familia tradicional se fue definitivamente al carajo.

Si de verdad alguien defiende la familia tradicional, que deje en paz a los homosexuales y empiece más bien a volverse antisistema.

Post scriptum: A mí, personalmente, no me duele que la familia tradicional, forzosamente patriarcal, se venga abajo. Lo que me duele es que se venga abajo forzada por las estructuras económicas más descontroladas, y no como efecto de una legalidad y de una solidaridad que la vuelva necesariamente arcaica. La economía moderna dominante, a diferencia de una ley justa o de una colaboración generosa, siempre deja víctimas y siempre provoca mayores conflictos de los que en un principio podría enmendar.

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