La libertad liberal

La moderna idea de libertad ha ido cargándose cada vez más con un lastre ideológico que resulta muy difícil de advertir para la mayoría, porque nadie podría estar en contra de que todos seamos muy libres; y no extraña que cada vez más gente se defina como “liberal” o como “amante de la libertad” si con ello asciende moralmente al paraíso de los justos. Sin embargo la cuestión no resulta tan sencilla, porque al concepto de ‘libertad’ se le han ido arrebatando unas cuantas notas semánticas que chocan con el sistema social y económico contemporáneo.

El concepto de ‘libertad’, de entrada, no es nada sencillo de abordar y ha sido exhaustivamente analizado por cientos de filósofos. Hasta donde puedo recordar, uno de los que más profundizó en la cuestión fue Schopenhauer, quien en Sobre la libertad de la voluntad acababa convirtiendo la libertad del individuo en una aporía: yo hago caso a mi voluntad, pero ¿a quién hace caso mi voluntad sino a ella misma? ¿Soy libre si en el fondo obedezco a una apetencia ajena a mí que se escapa a toda racionalización? Por mucho que yo diga “quiero hacer esto porque soy libre”, que quiera hacer eso y no otra cosa ya anula la libertad que tengo. ¿Cómo puedo saber, en definitiva, si lo que deseo lo deseo de verdad con libertad o si en el fondo soy esclavo de impulsos y razones que me controlan desde el fondo de mi propio ser, sin que yo pueda evitarlo?

No pretendo llegar aquí más lejos: quédese esta reflexión para quienes deseen profundizar en la metafísica de la conciencia y consideren cómo Schopenhauer anticipa a Freud.

Dejando aparte, por lo tanto, tan hondas cuestiones, veamos qué matices desprecia deliberadamente la actual idea liberal de la libertad.

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  • Libertad y necesidad

Como dice Hannah Arendt en La condición humana, “la objetiva y tangible diferencia entre ser libre y ser obligado por la necesidad ha dejado de captarse”. Que la necesidad no se contemple como una merma de la libertad oscurece el hecho evidente de que la posesión de dinero reparte desde la cuna la amplitud de las libertades. No solo porque la meritocracia no sea tal, sino porque incluso aceptando la falaz premisa de que el mundo se rija por el mérito puro, la mera necesidad de pagar una deuda, someterse a una rutina impuesta desde afuera o verse en la obligación de encontrar un trabajo para poder vivir niegan la libertad del individuo, aunque todas estas sumisiones se enmascaren bajo el hecho jurídico objetivo de firmar un contrato con otros individuos o entidades.

Desde que el trabajo se exalta como un bien en sí mismo, la libertad de no trabajar pierde su condición de legítima reclamación. De esta manera, solo quienes han acumulado suficiente cantidad de dinero pueden ejercer esa libertad y eludir el reproche moral más típico para quien no trabaja o trabaja poco: “es un vago”. Por eso en el discurso político, en todos sus niveles (desde los despachos del FMI al bar de la esquina), solo los necesitados son unos vagos. Los millonarios, aunque lo sean por herencia y no hayan desempeñado jamás trabajo alguno ni dado palo al agua, nunca serán unos vagos, porque ellos ya son libres y los necesitados no.

(Un amante coherente de la libertad debería, al contrario, exaltar al vago paria como a un auténtico héroe: pues no solo desea liberarse de la necesidad de trabajar, sino que además lo consigue. En un mundo en que el trabajo fuera absolutamente imprescindible para que la raza humana sobreviviera podría uno entender que a tal sujeto se le considerase un enemigo de la sociedad. Pero en un mundo como el nuestro, en el cual los trabajos resultan cada vez más superfluos y más escasos, no puede entenderse que la necesidad de trabajar se considere casi una virtud).

 

  • La libertad positiva y la libertad negativa

La distinción, ya clásica, la estableció Isaiah Berlin.

La libertad positiva es aquella que se ejerce porque uno está en condiciones objetivas de ejercerla. La libertad negativa es aquella que se ejerce porque nadie se opone a que se ejerza.

En el caso anterior, un rico tendría la libertad positiva de no trabajar, porque las condiciones materiales que posee le permiten eludir el trabajo asalariado. En cambio, que haya libertad de expresión y que uno pueda decir lo que quiera sin que nadie le castigue por ello supone un ejemplo de libertad negativa.

La noción actual de libertad ha ido abandonando poco a poco la defensa de la libertad positiva para centrarse en la negativa, pero es obvio que ciertos derechos y ciertas libertades solo pueden ejercerse mediante la confrontación de ambas. Como dice Jorge Moruno, la libertad de conducir se puede contraponer a la libertad de respirar aire puro o a la libertad de no padecer contaminación acústica. No todas las libertades son del mismo sesgo, y asociar la Libertad (con mayúsculas) con solo una de las dos implica una estafa ideológica evidente.

Con todo, la oposición entre libertad negativa y libertad positiva se ha difuminado deliberadamente con el disolvente del relativismo, que sitúa el núcleo del conflicto en el individuo en vez de en las relaciones que estos establecen entre sí o con los demás.

Para ello se vincula la libertad principalmente con el derecho mercantil, como si no existiera ninguna diferencia entre el derecho público y el privado (entre lo que se muestra a la luz de la sociedad y lo que se firma en un cuarto con las puertas cerradas), o como si el derecho en bloque no estuviera ahí más que para garantizar que cada parte cumple con sus obligaciones.

 

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  • La libertad como obstáculo para ella misma

Esta confusión y reducción de las dos libertades y del derecho se ha empleado ideológicamente para ensalzar el valor moral de los mercados y del consumo; de tal manera que las regulaciones o las prohibiciones, por el mero hecho de sugerirse en ciertos ámbitos, se consideran un ataque a la libertad más esencial. Pero la libertad de poder consumir se contradice a sí misma si se la mide rigurosamente con su propia escala; y una regulación comercial o financiera, por estricta que sea, no supone necesariamente de por sí la limitación de libertad ninguna.

Pongamos el ejemplo de la concesión de hipotecas y créditos. En un principio, la concesión de créditos es buena, porque aumenta la capacidad adquisitiva de quien pide dinero, y por lo tanto su libertad.

Por ello, si mañana el gobierno enloqueciese y sacara una ley que obligara a que los préstamos bancarios nunca supusieran más del doble del sueldo de quien lo solicita, todos pensaríamos que eso supone obstaculizar la libertad negativa de quienes desean pedir un crédito.

Pero, ¿es realmente más libre un mundo en que las exigencias de concesión de un préstamo no estén nada restringidas? ¿Qué clase de libertad consiste en acumular más cantidad de deuda? ¿Puede decirse de un mundo eternamente endeudado que es realmente más libre que uno que no lo esté?

Un individuo que pide dinero al banco lo hace por la necesidad de conseguir más dinero; lo que a su vez anula su futura libertad económica. Da lo mismo en qué vaya a gastar el préstamo, puesto que es libre de gastarse el dinero en lo que le plazca. Pero sí podríamos decir que objetivamente su libertad se ha reducido, porque ahora parte de sus ganancias tendría que entregárselas al banco cada mes. Se me dirá que entonces debería optar por no pedirle un crédito al banco, pero en ese caso su libertad positiva para consumir se vería también limitada.

La libertad de pedir dinero se ve así limitada por el pago futuro, que le ata a uno con su forzosa necesidad de pagar la deuda (lo cual reduce la libertad adquisitiva de muchos meses), pero la libertad de consumir se ve limitada por no poder pedir un crédito: ¿no nos encontramos en una situación en la cual las dos libertades chocarían entre sí?

¿Y cómo casar la libre petición de créditos con el consumo de drogas, cuyo consumo está permitido pero cuya venta no? ¿No sería mucho más libre un mundo en donde las drogas pudieran venderse libres de regulaciones, mediante contrato vinculante, que uno en donde estén prohibidas?

Algunos liberales me dirán que sí. ¿Pero es acaso libre el drogadicto, el cual a veces tiene que pedir ayuda para dejar un hábito que le destruye pero del cual no puede desprenderse?

¿Y cómo casar eso a su vez con el uso y la venta de las armas, en donde sucede más bien al contrario, pues el que ve restringidas sus libertades es el comprador y no el vendedor?

¿Son acaso más libres en Estados Unidos porque pueden comprar pistolas sin problemas en los centros comerciales? ¿O somos más libres en ciertos países de Europa porque la tasa de fallecidos por armas de fuego resulta infinitamente inferior?

En otros casos, ciertas regulaciones no solo no plantearían estas dudas sino que se considerarían de inmediato como buenas. Muchas de ellas no las notamos porque estamos demasiado acostumbrados, como sucede con las exigencias sanitarias en los alimentos y en los fármacos.

Si vamos más allá, en el célebre caso de la explotación infantil por parte de ciertas multinacionales: ¿sería menos libre un mundo en donde la UE prohibiera de raíz la venta de cualquier prenda sospechosa de haber sido fabricada por mano de obra infantil? Ni los más entusiastas defensores del consumo responsable dirían que eso restringiría la libertad de los compradores. No existe tal cosa como “el derecho a ser libre de comprar productos fabricados por la explotación de los menores”.

¿Y qué sucede en casos de verdadero conflicto entre la condición de cliente y la de ciudadano, como cuando quienes menos necesidades tienen (y por lo tanto más libertad) pueden elegir una mejor sanidad? ¿Diría alguien en su sano juicio que es una sociedad más libre?

 

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Recopilando…

Estas incongruencias manifiestan lo siguiente: primero, que la idea contemporánea de la libertad liberal (que todos tenemos interiorizada en mayor o menor medida, porque es la idea dominante) se sustenta principalmente sobre una libertad negativa de corte individualista y contractual, que constituye en último término un modo de justificación ético de ciertos criterios económicos o sociales más que cuestionables; segundo, que libertad negativa y libertad positiva se oponen ambas a la noción de necesidad, puesto que si hay necesidad no hay libre elección, y sin libre elección no hay libertad de ningún tipo.

Decía Bernard Shaw en su interesantísimo y ameno Manual de socialismo y capitalismo para mujeres inteligentes que la libertad es ocio, y que el ocio es libertad: “si en un momento del día puede usted decir: ‘Voy a hacer lo que quiera durante la hora siguiente’, goza usted de libertad durante esa hora”.

Desvinculaba también así de un plumazo la libertad del derecho y de la moral, y la vinculaba además con el disfrute pleno del tiempo de nuestras vidas. No toda libertad se ejerce a través de un pacto libre con los demás para intercambiar algo o permitirse mutuamente algo: se puede ejercer para con uno mismo.

A esto hay quienes replican escandalizados y con sarcasmo que la única alternativa, para ser en verdad libres, consistirá entonces en repartir la riqueza para volvernos a todos pobres por igual, aunque ociosos. Y cuando uno contradice la idea dominante de libertad con frecuencia le abusan de comunista, de radical o de poner en peligro a la sociedad civil al completo.

Yo no quisiera ir tan lejos ni proponer reparto alguno. Nada opongo a que haya gente más rica que otra, aunque sí me parece bastante feo que haya gente atada de por vida y desde el nacimiento a necesidades lamentables de las que nunca podrá liberarse por mucho que se esfuerce, y basta con eso para que defienda unas comunes condiciones mínimas más justas.

Pero lo que me interesa ahora se puede resumir de manera más sencilla: no importa qué se proponga o se deje de proponer. Importa entender con nitidez que la idea de libertad con que nos martillean a diario la cabeza tantos liberales no es libertad ni es nada, sino un vil antifaz de adoctrinamiento puro.

Y  a las mentiras infames no hay que tenerles ningún respeto por muy dignamente que se camuflen detrás de palabras excelsas y positivas.

 

 

Post scriptum: he empleado en todos los casos el término ‘liberal’ en vez de ‘neoliberal’ porque los neoliberales nunca, o rarísima vez, se definen como neoliberales; acaso porque hasta a ellos el término les suena a sucio. Sin embargo, lo que aquí se describe se aplica más bien al neoliberalismo actual que al liberalismo clásico. 

También he evitado tratar la cuestión de que la libertad personal se extienda, en el imaginario neoliberal, a las personas jurídicas; que ya en el mismo empleo del término “persona” se huele la trampa. Pretender que la libertad de una empresa puede igualarse de algún modo con la de un individuo a la hora de firmar un contrato daría sin duda para otra entrada del blog. 

 

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