Sobre el tópico: “En España sobran universitarios”

I

Hace no mucho, durante el convite de una boda, alguien comentó afablemente que en España sobraban universitarios. Yo observé que igual no sobraba ninguno, sino que se necesitaban más puestos de trabajo para ellos. En la mesa éramos diez comensales, yo incluido, y nueve discreparon de mi observación (luego diré cómo); curiosamente, ocho de ellos eran licenciados.

No les pregunté por qué sus  títulos no sobraban y los de los demás sí, ni les expliqué que decir sobran universitarios en vez de falta trabajo equivale a decir sobran hambrientos en vez de falta comida. Si falta comida, buscamos más comida; si sobran hambrientos, nos deshacemos de los hambrientos. Lo primero tiene lógica; lo segundo nos aproxima al genocidio.

II

En todo caso, mis compañeros de mesa no se habían inventado la frase ni defendían una verdad a la que hubieran llegado por sí mismos tras una honda reflexión.

El ministro de Educación, don Íñigo Méndez de Vigo, ya había dicho en noviembre de 2015 –un año antes de la boda a la que aludo– que en España había “demasiados universitarios”. Poco importa que en estos otros artículos de El País y de El Mundo, respectivamente, se desmintiera el supuesto exceso de universitarios españoles cotejando su número con la media de Europa y de la OCDE:

Los españoles no están sobrecualificados. Según datos de 2011, en la población entre 24 y 65 años, un 32% tenía estudios superiores y de ellos un 22% contaba con títulos universitarios, un reparto muy parecido al de Francia (30%) y superior al de Alemania (28%). El ranking lo lideran Estados Unidos (42%) y Reino Unido (40%).

Un informe del Ministerio de Educación (Panorama de la Educación. Indicadores de la OCDE 2014) aparecen datos que no se corresponden con las palabras del ministro. España, con cerca de un millón y medio de universitarios, tiene un 52% de tasa de acceso a la universidad (porcentaje estimado de una cohorte de edad que se prevé acceda a la universidad a lo largo de su vida), un porcentaje que la coloca por debajo de la media frente a un 56% de la Unión Europea y un 58% de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE).

Una poderosa razón puede aducirse para invalidar la tesis extraída de estos datos: el mercado laboral de España, distinto al del resto de los países, demanda menos universitarios; por lo tanto, el porcentaje con respecto a los demás resulta indiferente.

Alcalá

Como confirmando, aunque a destiempo, la afirmación del ministro, apareció un artículo en la Agencia EFE (25/03/16) en el cual se reseñaba el libro “Poner fin al desempleo. ¿Queremos? ¿Podremos?”, escrito por César Molina Sans (economista y consultor) y Pilar García Perea (doctora en economía, trabaja actualmente en el Banco de España), fruto de un estudio encargado por la Fundación de Estudios Financieros (FEF).

Las conclusiones a las que habían llegado estos autores eran las siguientes:

A su juicio, hay “demasiados estudiantes universitarios, muchos de los cuales tienen problemas de comprensión lectora y de cálculo elemental, que nunca encontrarán ocupaciones relacionadas con su formación”.

Los economistas César Molinas y Pilar García Perea consideran que “la obsesión por la igualdad” ha sido uno de los males endémicos del sistema educativo español, que se ha convertido “en una auténtica máquina de generar parados”.

Más o menos con esas palabras me lo dijeron mis compañeros de mesa: el mercado laboral demanda menos universitarios de los que se requieren. Punto.

La realidad es así y con la realidad no se discute (sobre todo cuando la realidad significa “el más fuerte”).

 

III

Nunca entenderé, dicho sea de paso, la serenidad y hasta el gozo que tanta gente encuentra en someterse a los designios de una realidad tan poco real como aquella que ha sido creada por los hombres y está en teoría controlada por la voluntad de los hombres: una cosa es enfrentarse a la Ley de la Gravedad y otra muy distinta hacerlo contra lo que elige una sociedad. Quizá lo más siniestro de todo estribe en que aquí tampoco hubo ni hay ninguna elección: no se inventó el mercado de trabajo para rendir un servicio a los hombres; sino que los hombres nacen para someterse al Mercado de Trabajo.

Con la excusa de que lo real es así, se hace pasar por real –o sea, por natural e inevitable– lo que podría cambiarse de la noche a la mañana con tal de que nos pusiéramos de acuerdo. Pero entonces el obstáculo no lo constituye la realidad natural, sino el interés particular de otros seres humanos.

Pues bien, afirmo ya mismo que las frases como “sobran universitarios”, o los discursos acerca de la obsesión española por obtener una carrera (“titulitis”, lo llaman) son, sin más, creaciones de propaganda ideológica, destinadas, por un lado, a justificar las desigualdades de clase y las políticas elitistas; y, por otro, a salvaguardar de toda crítica los vaivenes delirantes del mercado laboral y las siempre cambiantes necesidades de las empresas.

Y no importa que el individuo que pronuncia la frase o suelta el discurso sea consciente de ello. De hecho, cuanto menos conciencia tenga, mayor triunfo de la ideología.

 

IV

No sé si ustedes lo saben, pero seguro que se lo imaginan: en este país ganan más dinero los que tienen título universitario que aquellos que no lo tienen. Hay, por supuesto, diferencias salariales según la carrera estudiada, y las tasas de paro de ciertas profesiones (las vinculadas, cómo no, con las ciencias sociales) están incluso por encima de las de algunos grados superiores de FP. Pero el sueldo medio sí se relaciona directamente con los títulos que uno posea.

Por lo tanto, no extraña que los españoles quieran estudiar una carrera. Cuando se afirma que sobran universitarios se presupone que mucha gente no debería haber estudiado lo que estudió y que otros muchos no deberían estudiar jamás. Dejando al margen el misterio irresoluble de que los titulados nunca se consideren a sí mismos parte del problema cuando hablan de él, cabe preguntarse mediante qué filtros se evita que la gente estudie lo que desea.

¿Con qué autoridad se le dice a alguien que no obtenga un título académico y que no trate de mejorar ni su salario ni su situación laboral, apelando para ello a que el mercado está saturado? En este mundo de libre elección individual, ¿de verdad se puede pedir a los padres que eviten que sus hijos lleguen a la universidad, porque así el mercado y las empresas satisfarán sus necesidades?

No, no se puede.

Pero un tópico como el que nos ocupa sí provoca que la subida de las tasas universitarias, los recortes en educación o los procedimientos de segregación del alumnado se acepten mejor.

Si cada vez más alumnos quedan fuera de la universidad porque no pueden pagarse la matrícula, bienvenido sea. La vida es dura, muchachos. No nos gusta que pasen estas cosas, pero no hay mal que por bien no venga. Si la educación universitaria dispone cada vez de menos medios económicos, qué se le va a hacer. Igual es que sobran estudiantes; si hubiera menos, el dinero alcanzaría. Y, finalmente, si cada vez los alumnos de los colegios se examinan de más y más pruebas externas, resultará sencillo suspender a unos cuantos y mandarles a una FP (o al paro) de cabeza.

El problema, como siempre, estriba en que las clases altas son las menos afectadas por el fracaso escolar. No solo porque lleven con frecuencia a sus hijos a los mejores colegios (concertados o privados: pero, en todo caso, con más medios, con menos ratio de alumnos por clase y con la capacidad de deshacerse de los niños problemáticos), o porque vivan en barrios mejores, sino también porque pueden pagarse academias, profesores particulares o viajes al extranjero (¡ay, el inglés, cuán segregador que es!).

De manera que, cuanto más languidezca la educación y más se apele a una cultura del esfuerzo (cultura que es en verdad falsa, al menos en lo concerniente a las necesidades de las empresas, por cierto) sin reparar en ninguna cuestión estructural, más se fomenta el fracaso escolar entre las clases bajas. Que son, claro, las que menos matrículas universitarias pueden pagarse.

Por lo demás, la ideología de que sobran universitarios también sirve de coartada para juzgar el sistema de becas o las ayudas sociales a los estudiantes, pues espolea la envidia social abstracta hacia ciertos miembros de las clases bajas o medias (nunca de las altas, que envidiar los privilegios de las clases altas es de miserables).

Paraos

No sé por qué, pero los comentarios mejor valorados de El Mundo siempre alcanzan las más altas y deliciosas cimas del cuñadismo. Copio el  más destacado de una noticia titulada “¿Tenemos demasiados universitarios en España?”. Llevo dándole vueltas un rato y no logro entender quién es el sujeto de ese ‘tenemos’. En fin, he aquí la cita:

Como estudiante universitario que soy (estudio Matemáticas), corroboro lo que dice el ministro. Hay una burrada de gente que se dedica a ir a la uni a jugar a cartas [sic] y hacer el chorra. Y luego se quejan de que no aprueban, y de que las segundas, terceras y sucesivas matrículas son muy caras. Sobra gente en la universidad claramente.

El comentarista no solo parece ignorar que los horarios de un estudiante tienen sus horas vacías, durante las cuales este hace lo que le apetece; también relaciona, sagaz como un lince, el comportamiento personal del mal estudiante con las quejas sobre el precio de la matrícula. Hay aquí un clasismo ramplón y evidente. ¿Qué pasa, que si soy rico puedo tocarme los huevos en la universidad durante años, ya que pago sin quejarme?

Sucede lo mismo cuando alguien se lamenta de las excesivas becas: “deben darse en función del esfuerzo y de las notas, no de las rentas”, dicen. Pero demasiado bien se sabe que hay muchos becados que necesitan a su vez trabajar mientras estudian; sin embargo, un estudiante de clase alta dispone de todo el tiempo del mundo para prepararse la misma carrera y las mismas asignaturas (apoyos externos aparte). Que las condiciones materiales influyen en el resultado académico es una verdad demasiado evidente. Por eso, con toda lógica, las becas se conceden solo si el estudiante aprueba un alto porcentaje de las asignaturas matriculadas. Porque el esfuerzo no se mide (el Ministerio no puede calibrar objetivamente cuánto se esfuerza alguien) y ni siquiera se relaciona con el resultado (hay quien se esfuerza muchísimo y obtiene un 5, y quien se esfuerza poco en lo mismo y obtiene un 8); y porque las rentas altas poseen mejores medios para triunfar en los estudios.

Con lo anterior no quiero decir que en la universidad se entre de cualquier modo. Hacen falta controles rigurosos, académicos y serios. El problema no está en que esos procedimientos sean malos o buenos de por sí. El problema está en que las desigualdades los pervierten por completo.

En las condiciones actuales, decir que sobran universitarios equivale a legitimar todos los procesos de segregación social y económica del alumnado; segregación articulada conscientemente a base de leyes y recortes.

[Por otro lado, denominar titulitis al deseo de obtener un título para desempeñar una buena profesión resulta tan burdo como denominar suelditis al deseo de cobrar un buen salario].

 

V

Respecto a la cuestión antes citada –sobre cómo el mercado laboral y las empresas se sustraen a toda crítica social–, nos interesa aquí la inversión que el trabajo ha generado en la idea que la universidad poseía de sí misma hasta hace no mucho.

Según el modelo de pensamiento decimonónico, la universidad era el sitio en donde se acumulaban los saberes universales. Al igual que sucede con la ciencia, la universidad funcionaría así en torno a la verdad. En ella, los estudiosos profesores, entregados a su materia sin otro afán que el saber por el saber, ilustrarían a los alumnos sin ningún fin más allá del mero conocimiento.

Claro que ese conocimiento podía ayudar a la humanidad (descubriendo la cura para una enfermedad, por ejemplo); y que ciertas carreras tenían una inmediata aplicación social (como la carrera de derecho). Pero más allá de ello, como dice Fernández Liria, era la sociedad la que estaba al servicio de la universidad (de la razón), y no al revés. Liria denuncia que ahora se ponga la universidad al servicio de la sociedad, lo cual dinamita la búsqueda de una verdad objetiva.

Yo discrepo, porque creo que es todavía peor: no solo el estado se pone al servicio de sus deudores, es que la sociedad se pone al servicio del mercado laboral, y el mercado laboral no se pone al servicio de nadie, porque es cambiante e imprevisible. Las empresas ya no dudan en exigirle a la sociedad que trabaje para ellas, que les dé la mano de obra que ellas necesitan. Pero los ritmos de la educación –superior o elemental, lo mismo da– nunca coinciden con los del mercado laboral. Porque las demandas del mercado laboral pueden cambiar cada año si hace falta; algo absolutamente incompatible con cualquier idea acerca de la educación que podamos albergar, ya que se basa en esa estabilidad absoluta que posee la ciencia en sus pilares fundamentales.

Craetividad

La educación, en fin, es un derecho social que se presupone beneficioso en sí mismo; convertirla en un centro de formación de empleados para la empresas puede tener muchos nombres (se me ocurren algunos espeluznantes), pero a eso no se le puede llamar “educación”.

 

VI

No obstante, todo este ataque contra la educación superior (pues se trata un ataque) está orquestado desde distintos niveles, y se ha elaborado con mucha conciencia. En paralelo con la degradación de los títulos se sitúan el desprestigio del docente (“vagos, inútiles, anticuados…”), la exaltación de fetiches empresariales como la creatividad o las competencias, y la supresión sistemática del conocimiento en favor del trabajo en equipo o la formación continua.

Para que vean cómo el discurso está más cerrado sobre sí mismo de lo que parece, les copio del artículo de EFE antes citado (agárrense):

Ante esta situación, proponen cambiar los métodos de enseñanza “desde preescolar”, para fomentar la educación en la creatividad y una formación profesional adaptada a las necesidades de las empresas y deje de ser “una alternativa al fracaso escolar”.

“La formación profesional no ha sido una opción válida ni para los alumnos ni para las familias”, lamentan los autores, que critican un sistema enfocado a preparar a los alumnos académicamente para ir a la universidad.

¿Notan cómo las empresas quieren polarizar la educación desde preescolar? ¿Se dan cuenta de cómo les molesta la preparación académica, tanto más molesta cuanto más superior, objetiva y estatal se presupone? Más explícitamente no se puede decir (menudo piquito tienen César Molinas y Pilar García Perea).

Pero de estos asuntos ya hablaremos otro día.

 

 

 

 

 

 

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10 comentarios en “Sobre el tópico: “En España sobran universitarios””

  1. En mi Escuela de Ingeniería ETSI Sevilla, somos somos 7000.
    Además en Sevilla hay Politécnica.
    Además Ingeniería Informática, Arquitectura e Ingeniería de Edificación van por otro lado por lo que no van incluidos en esos números.
    Sueldos de ingeniero durante los 2-4 primeros años de experiencia profesional en el sur de España 1000-1100.(el primer año 600 € con mucha suerte)
    En España si sobra gente que vaya a la Universidad.

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    1. Sindicaos y moved el culo, podríais ser la mitad y cobrar lo mismo, o los que sois y cobrar el doble, pero por alguna extraña razón los titulados universitarios se ven a sí mismos como seres de luz superiores que no forman parte de la clase trabajadora y por tanto creen firmemente que se les va a apreciar únicamente por su formación y no por la combinación de ese factor con esencialmente la lucha sindical que desarrollen.

      Cuando veas a un currela fijo de fábrica , que de todo hay, que cobra más que tú no concluyas automáticamente que no es justo y que sobran titulados, piensa que a lo mejor habiendo muchos más obreros con poca cualificación que titulados universitarios algo han hecho ellos durante generaciones que tú no estás haciendo.

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    2. Claro que si, lo que sobran son gente que quiere formarse para tener un futuro.
      No sobran políticos corruptos que destruyen la investigación y el desarrollo que impulsen una industria para que los titulados puedan tener un trabajo, esos no sobran.
      Vamos a ver si nos enteramos que no podemos basar nuestra economía, a nivel nacional, en la economía del pelotazo y del turismo y de empresas de servicios que requieran a trabajadores no titulados universitarios.
      Estudiar en la universidad a mi modo de ver sirve para algo más que para tener un título, para bien o para mal.
      Tener un titulo no te garantiza tener un trabajo mejor, de hecho ni siquiera te garantiza tener trabajo, pero te da más opciones en la vida.
      De esos 7000 que tú dices, no todos acabarán, muchos titulados se irán a trabajar al extranjero, eso es una opción, si no estudian no tendrán esa opción tan facilmente.
      De todos modos si por lo que intuyo tienes 22 años poco debes entender de cómo funcionan las cosas en el mundo real, aparte de que dudo que te hayas leido todo el post. Simplemente planteate por qué esa diferencia de sueldo entre los trabajos de ingeniero.
      En fin.

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  2. Muy interesante. Desconocía ese uso de la palabra “titulitis”, en el ámbito que yo la he utilizado representa todo lo contrario.
    La necesidad de poseer un titulo universitario para desempeñar un oficio.
    En mi caso, Ing. Informática, las empresas exigen un el titulo para poder contratarte, cuando hay mucha gente que por cuenta propia a desarrollado unos conocimientos muy superiores que los que enseñan en la universidad.

    Saludos

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    1. Hola, llevo mas de 7 anos trabajando como desarrollador en Espana y extranjero: jamas me han pedido el titulo, es mas, he trabajado con informaticos, matematicos, gente de modulos, gente de letras, gente que eran practicamente amebas y jamas nadie les pidio nada mas que la experiencia. Esto es precisamente una caracterisitca que diferencia mucho el sector IT de otros.
      P.D: perdon por el uso de n y ausencia de tildes pero estoy usando teclado ingles

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  3. Ofrecerle licenciados universitarios a (algunos) empresarios es como ofrecerle un iPhone a un bosquimano: ni sabe para qué sirve ni le importa. Lo malo es que, de pasada, se cargan la Universidad en España. Hasta han convencido a los políticos de que el buen Rector de universidad tiene que actuar como un empresario… Gracias por el artículo, somos bastantes los que pensamos lo mismo.

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  4. Hay una cosa bastante clara: Hay un desajuste entre
    (a) la cantidad de trabajos que requieren formacion universitaria y
    (b) la cantidad de universitaros que se graduan.

    Como hay muchos mas universitarios que puestos disponibles, esto tiene dos consecuencias:
    1) El sueldo de los universitarios es bajo.
    2) Hay muchos universitarios en trabajos que no requieren ese nivel de formacion – y su sueldo tambien es bajo.

    Una vez identificado el problema, como lo arreglamos?

    1) Haciendo mas selectivo el acceso a la universidad?

    O bien menos gente accede a la universidad, o menos gente consigue graduarse.

    Esto es politicamente jodido… asi que no creo que suceda 🙂

    2) Haciendo que mas empresas requieran universitarios?

    Esto, requiere cambiar la estructura economica del pais.

    Un para de estadisticas (de memoria):
    En Espana, mas del 80% del empleo esta en pymes de poco margen (pensemos en bares y restaurantes)
    En Alemania, mas del 50% del empleo esta en medianas y grandes empresas (pensemos en Siemens y BMW)
    Cambiar esto no se hace en dos dias… y la falta de negociacion colectiva y el despilfarro de la corrupcion y la falta de I+D y muchas otras cosas, afectan a esto, pero siguen sin ser determinantes para que esto se arregle en dos dias.

    3) Haciendo que los universitarios emigren?

    De esta manera, habra menos universitarios disponibles y el desajuste se reduce.

    Y parece ser que en eso estamos!

    Mi esperanza?

    Los emigrados volveran algun dia, montaran nuevas empresas en base a lo que han aprendido fuera y con un poco de suerte, la economia espanola cambiara y seran necesarios mas universitarios 🙂

    Mientrastanto, a hacer las maletas!

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  5. En Sevilla, con ingenierías de electrónica, teleco, informática y la facultad de física que se especializa en electrónica y no hay empresas apenas de productos electrónicos. En general, en Andalucía hay mucha gente capaz hacer grandes retos, pero no hay empresas que las use. Las pocas que hay, y muchas son extrajeras, no tienen ambición y sueldos muy bajos.

    Yo, después de más de 3 años de experiencia dirigiendo equipos y mucha responsabilidades, me largo a R.U. pues quiero no tener que estar vigilando mi cuenta corriente cuando fuera me dan el triple con una carga de trabajo inferior y me mejor trato.

    Ojalá pueda ahorrar para montar algo decente en Andalucía, pagar bien sin quemar a los trabajadores y así puedan volver de lejos esa gente que se tiene que ir para vivir decentemente.

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  6. Las palabras Sevilla e Ingeniería salen tantas veces en estos comentarios que es inevitable acordarse de Ab, el bosquimano que vivía en Goa.

    Decidido a abrazar la modernidad añadió una elegante chaqueta a su taparrabos, y eso le permitió pasar de cazar gacelas y antílopes a cazar una nueva presa: la I+D. Los bolsillos de la chaqueta los llevaba siempre llenos de iPhones (universitarios), pero en realidad lo único que sabía hacer con ellos era mordisquearlos y exprimirlos (para ver si les sacaba agua, supongo). Para su desgracia la I+D voló, quizás por el cambio climático. Él se quedó sentado en el suelo, rodeado de carcasas masticadas de iPhone, y añorando las gacelas. Jamás entendió lo que había ocurrido.

    Ps, el aire racista de mi historia es aparente, en realidad profeso una admiración sin límites por tíos capaces de vivir en el Kalahari. Tampoco creo que lo que pasa de deba diferencias antropológicas o genéticas, sino sociales (i.e., en Andalucía siempre escaseó una burguesía acomodada y culta)

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