¿Pueden los hombres opinar sobre feminismo?

 

I. PLANTEAMIENTO

No sé por qué, pero tengo la impresión de que el tópico “un hombre no puede hablar u opinar sobre feminismo” se extiende cada vez más. He visto en Twitter y en otras redes sociales que muchas feministas zanjaban así muchas discusiones. Yo mismo, durante una conversación con una amiga, me atreví a sugerir que ciertas feministas fallaban políticamente al seguir unas estrategias y no otras. “No tienes derecho a decirles a las mujeres cómo deben enfocar su lucha”, me respondió, “igual que yo no puedo decirles a los negros cómo tienen que enfocar la suya”. De este modo extendía la prohibición, el tabú, a cualquier grupo social que se articulara en torno a unas exigencias sociales. Solo las mujeres pueden opinar de feminismo; solo los negros pueden opinar sobre los negros.

Después de darle muchas vueltas al asunto, y de leer variados textos al respecto, creo que mi amiga (que hablaba, me consta, de muy buena fe) estaba completamente equivocada.

Les voy a explicar por qué, aunque me salga un artículo un poco largo. Luego ya podrán ustedes discrepar si así lo desean, que para eso están los comentarios (no obstante, lean la advertencia del final del todo, antes de opinar).

Machete

II. DISCURSO Y HABLANTE

A quienes estamos habituados al procedimiento académico habitual, ese que evalúa un argumento en función de su contenido y no en función de quién lo enuncie, toda crítica que de antemano acalle al hablante nos inquieta. Básicamente, porque resulta muy sencillo separar lo uno de lo otro: por un lado, el discurso; por otro, el hablante y el contexto.

Partamos de una proposición tan sencilla como extrema: “Es éticamente incorrecto exterminar a la raza judía”. El contenido del discurso se extrae del significado de las palabras que lo componen. La semántica y la lingüística lo pueden analizar perfectamente. La frase citada la leemos, la entendemos y estamos de acuerdo con ella. Supongamos ahora que la frase la enuncia Adolf Hitler: consideraremos que, aunque la frase siga siendo verdadera, en boca de semejante genocida se vuelve repugnante. Pero no es el contenido de la frase lo que nos repugna, sino los labios que la pronuncian.

El contexto en que hubiera pronunciado esa frase también influiría en nuestro modo de recibirla: si la hubiera dicho en un discurso de 1932, para aplacar a la opinión pública a propósito del antisemitismo del partido nazi, nos sonaría a cinismo oportunista, a mentira deliberada. Si la hubiera pronunciado diez minutos antes de suicidarse, como última confesión íntima a su secretaria, pensaríamos que estaba loco, que se habría arrepentido de manera psicológicamente incomprensible o que su nivel de desprecio y de sarcasmo ya no tenía límites.

En ninguno de los casos se altera el contenido de la proposición: la frase siempre dice lo que dice. Lo que juzgamos, al atribuirla a un hablante conocido y a un contexto concreto, no es el contenido de la frase (el discurso), sino la psique del hablante (o sea, a Hitler).

Derivar la discusión hacia el hablante y no hacia su discurso se conoce como argumento ad hominem. Rafael Sánchez Ferlosio distingue tres tipos de ataque contra el sujeto: antecedentes penales (“Tú provienes de A”), tipologización (“Tú eres un X, y por lo tanto no vale lo que digas”) y psicoanálisis (“A ti lo que te pasa es que estás picado”).

Si han seguido las recientes polémicas que ha generado Javier Marías en Twitter, verán que se han usado contra él los tres tipos de ataques: “Es hijo de Julián Marías” (antecedentes penales); “Es un pollavieja y se queja de todo” (tipologización) y “Este lo que busca es fama” (psicoanálisis).

Como estos ataques nada nos dicen de la veracidad o de la falsedad del discurso de Marías (de hecho, nos impiden leerlo con atención para discernir cuándo da en el clavo o cuándo suelta una gilipollez), ya se imaginarán ustedes qué utilidad tiene el ataque ad hominem en cualquier ámbito del pensamiento honesto y analítico: absolutamente ninguna.

 

III. ME NIEGO A DISCUTIR

El principal problema del argumento ad hominem es que no solo no revela nada sobre los discursos que queremos combatir, sino que conlleva de facto la anulación de cualquier réplica fundamentada. Cuando usamos el argumento ad hominem no queremos llevar la razón, queremos mandar al otro a la mierda. Está presente en tantas discusiones que rara vez lo percibimos. Hasta esa frase grotesca, convertida ya casi en una pura sentencia humorística de “¡dice que es de izquierdas pero tiene dos pisos!” supone un argumento ad hominem de libro. Igual que “Te metes con Amancio Ortega porque le tienes envidia”.

Por lo tanto, cuando las feministas dicen que los hombres no pueden hablar ni opinar sobre feminismo, ¿están usando un argumento ad hominem? ¿Están negándose a entablar una discusión? ¿Están echando la racionalidad discursiva por la ventana, o llevan razón cuando consideran que un hombre, de por sí, carece de capacidad de juicio para ciertos asuntos?

ad hominen

IV. GENTE CUYA OPINIÓN NO SIRVE

Le debo a un amigo tuitero un texto de Gerald A. Cohen, bastante denso y académico, por lo demás, que enfoca la cuestión de quién está autorizado o no para hablar sobre terrorismo en Israel. Cohen parte de las palabras de Zvi Shtauber, antaño embajador israelí en Reino Unido. Cohen dice que, a pesar de que las palabras de Shtauber sean verdaderas, no está en condiciones morales de decirlas.

Pero aquí no se trata de un mero argumento ad hominem, puesto que Shtauber no opina sin más como un científico al que le puede el afán de investigación, sino que opina como un representante oficial de un país que desarrolla una política concreta para con el terrorismo. Está hasta el tuétano metido en el meollo del conflicto político sobre el cual opina; y metido además de manera oficial, tal y como lo demuestran los privilegios legales que posee sobre el resto de ciudadanos de Israel por el hecho de ser embajador. Sus palabras, como las de Hitler en el ejemplo de arriba, le suenan a Cohen profundamente inaceptables: Shtauber no debería opinar sobre el asunto.

De modo semejante, hay gente cuya opinión nos parece indigerible incluso antes de que se hayan atrevido a transmitirla. Creo, por ejemplo, que me habré leído en esta vida unas cuarenta columnas de opinión de Jorge Bustos. Y nada, no hay manera. Es imposible encontrar una idea pura debajo de tanto ingenio narcisista y vano, tanta ironía con superioridad moral, tanto lugar común y tanto sarcasmo facilón. Pero ahí el problema no es Jorge Bustos como ser humano en sí mismo (no lo conozco de nada, igual hasta me caería fenomenal), sino que las columnas mediante las cuales se define como opinador me resultan intelectualmente abominables. ¿Llegará el día en que encuentre una que me toque el corazón y me haga pensar más allá de mis prejuicios? Lo dudo mucho, pero no por ello lo desprecio. Nunca le diría “no lleva usted razón, porque es usted Jorge Bustos”. Si no lleva razón, es porque no la lleva. Al cabo, lo que consigue es que ya no le lea (o le leo como comen hierba los perros: para vomitar y purgarme); pero no me atreveré a decir jamás que todo cuanto salga de su pluma está equivocado, ni creo que por ello deba dejar de opinar para siempre jamás.

 

V. INHABILITADO POR HABER NACIDO ASÍ

Pues bien: una feminista puede decir, a su vez, “el ministro de igualdad no está autorizado para hablar de feminismo; por mucho ministro de igualdad que sea, no tiene ni idea del asunto”. O bien, “las opiniones sobre feminismo de Bertín Osborne me resultan infames; por lo tanto, sabiendo de qué pie cojea, no entraré a discutir con él”.

Pero, ¿con qué motivo consideran que cualquier hombre, por el hecho de haber nacido hombre, está inhabilitado para opinar sobre una cuestión y no sobre otras?

Mi amiga también había incluido a los negros y su lucha: ¿nacer con un color de piel y no con otro implica que hay temas sobre los cuales no se pueden opinar?

Dejando aparte el hecho nada baladí de que ni yo ni ningún hombre le dice a las mujeres cómo hacer su lucha (función imperativa del lenguaje), sino que, a lo sumo, opinamos sobre ello (función enunciativa), ¿es que acaso la razón, la capacidad de análisis, el empleo del lenguaje como fuente de argumentación, son distintos entre ambos sexos o razas? ¿Se nos está diciendo que el hecho de argumentar metodológicamente y con honestidad queda restringido, según el asunto al que se aplique, por motivos biológicos?

“Usted no puede opinar por haber nacido hombre o ser blanco” quizá le suene no del todo mal a alguien; pero “usted no puede opinar, por haber nacido mujer o negro” seguramente le chirríe a todo el mundo.

Apartheid

¿A qué se debe que la primera restricción parezca razonable y la segunda nos remita a terribles e injustas imposiciones del racismo y el machismo?

 

 

 

VI. EN LOS ABISMOS DE LA SUBJETIVIDAD

Ciertas feministas emprenden aquí una huida hacia el subjetivismo; o sea, hacia la última fortaleza inexpugnable al análisis: lo inexpresable.

“No estás en condiciones de opinar porque tú, aunque reboses de buena fe y de honestidad, no has nacido mujer: en consecuencia, no has sufrido lo que nosotras, no has vivido lo que nosotras y no entiendes lo que somos nosotras. Tú, incluso sin saberlo, manifiestas tendencias y dejes machistas. Tal vez algún día logres quitártelos de encima, pero en ese momento comprenderás que no puedes opinar sobre feminismo, sino solo respetar cuanto digamos y hagamos”.

(Y lo mismo valdría para el caso de los negros).

Me recuerda demasiado a esa frase antes tan repetida en cualquier discusión sobre terrorismo: “¡Si hubieran matado a tu hijo no pensarías así!”. Nunca dejaba de resultarme llamativo que el único modo de replicar consistiera en quitarme cualquier tipo de razón, de serenidad, de distancia. “Si hubiesen matado a mi hijo estaría tan afectado que perdería cualquier capacidad de razonar”, contestaba yo. Y añadía: “Y si tú fueras un etarra asesino, convencido de que tu causa merece unos cuantos asesinatos, tampoco pensarías así”.

Puestos a encerrarnos en subjetividades insondables de las que ya no se puede salir, lo mismo nos da la víctima que el verdugo.

Si de verdad la experiencia de las mujeres y de los negros es tan única, y tan profunda que no puede revelarse a nadie (porque los hombres no acceden a ella; y, si acceden, pierden la capacidad de opinar), entonces el lenguaje y la razón saltan para siempre por los aires.

En fin, voy a decirlo bien claro: al situar al sujeto más allá de la razón (sentimientos, dolores, traumas inexpresables) nos lanzamos de cabeza al misticismo y a lo religioso: tengo fe y creo en Dios, pero ni yo puedo expresarlo ni tú podrías entenderlo. Es el último reducto de los creyentes para eludir la lógica del ateísmo.

 

VII. CREDO QUIA ABSURDUM

Esta deriva de cierto feminismo hacia lo religioso se constata en que, dentro de las diversas corrientes feministas, algunas no solo chocan entre sí frontalmente (con esas discrepancias tan eclesiásticas, en las cuales disentir de un dogma produce estragos), sino ¡en que las propias feministas suelen establecer criterios clasificatorios para las propias mujeres, hasta el punto de que una mujer –incluso aunque afirme ser muy feminista– tampoco pueda opinar sobre feminismo porque está alienada por el machismo!

No hace falta que cite algunos linchamientos recientes, porque a todos nos vendrá alguno a la cabeza. También hay ciertas feministas con infalibilidad papal, como Barbijaputa; de la cual habré leído a estas alturas varias docenas de artículos y nunca la he visto titubear, ni desdecirse, ni expresar la mínima duda en cuanto a sus juicios categóricos: lo mismo se niega a discutir con hombres que excomulga a Amarna Miller.

Lo cual me lleva a la otra cara de la teología: por un lado, sobre Dios no pueden opinar los impíos; por otro, los siervos de Dios pueden opinar sobre la realidad al completo. Porque el caso, bastante curioso, es que las feministas sí opinan sobre arte, lingüística, historia, política, sociología, sexualidad, ciencia y muy especialmente sobre los hombres. En la parte que me toca, la parte lingüística, mi experiencia me dice que no importa cuánto argumentes que el género no marcado no es sexista: las feministas, aunque no tengan ni idea de gramática, se sienten autorizadas a opinar y llevarte la contraria. Pero también he tenido noticia de que la ciencia es patriarcal en su propio fundamento teórico. Igual que el pensamiento binario. En cuanto a política, las feministas opinan sin problema sobre leyes que afectan al hombre de manera directa.

¿Por qué los hombres no pueden opinar sobre feminismo, pero las feministas pueden opinar sobre todo lo que suceda en el universo, incluso situándose por encima de los (y las) especialistas en cualquier rama del saber?

Feminismo mani

VIII. LA PERSPECTIVA CIENTÍFICA

Lo irónico de este enroque metodológico estriba en que, muy al contrario, lo que cualquier análisis serio de un asunto exige es, precisamente, distancia y prudencia con respecto al objeto estudiado. De manera que la supuesta cercanía de la subjetividad femenina con su propia condición de mujer, no sería sino un estorbo a la hora de afrontar rectamente qué es o cómo debería ser el feminismo.

Dentro de mis argumentos ad hominem favoritos se encuentra aquel que juzga a Carlos Marx por haber sido un burgués: “¡Tanto defender al obrero y vivía de las rentas!”. Cualquiera con dos dedos de frente se percata de que gracias a esas rentas pudo analizar la miseria obrera, organizarse intelectualmente para combatir las bases del capitalismo, y disponer del tiempo suficiente para escribir El capital. Si Marx hubiese nacido en una fábrica, posiblemente hubiese sido analfabeto y hubiera muerto antes de cumplir los cincuenta.

Por ello, si el feminismo de verdad quiere tomarse en serio y profundizar en su propia condición como movimiento social, debe confiar, no en los hombres ni en las mujeres (grupos tan heterogéneos que carecen de significación), sino en cualquier argumento racional y razonable susceptible de escucharse con interés y rigor.

Venga este del sexo que venga.

Porque desde siempre la distancia y la humildad han sido las virtudes del científico. Y por las mismas razones que los jueces deben inhibirse cuando un juicio les afecta personalmente (no puedes juzgar al hombre que mató a tu padre), las feministas, cuanto más enfadadas y alteradas se sientan a sí mismas, más deberían desconfiar de sí mismas a la hora de emitir un juicio absoluto de valor.

La honestidad de alguien que pretende llegar a la verdad sobre un asunto siempre se muestra alerta ante aquellas zonas de sí mismo que no ha racionalizado. Si yo, pongamos por caso, no puedo ni sé tratar un asunto sin soliviantarme y sufrir mucho, pensaré de inmediato que el asunto me excede y que el sentimiento me ciega. Eso me supone un estorbo. Y agradeceré a quien me muestre un modo de abordar la cuestión para poder superarla y enfrentarme a ella como ante un verdadero objeto de análisis.

 

IX. ¿Y QUÉ PASA CON QUIENES INCORDIAN?

Sé, no obstante, cómo se me quejarán algunas feministas: “estamos muy hartas de que tanto hombre nos discuta sin rigor, provocándonos, con soberbia, con machismo incluso; estamos hartas de prejuicios y de ignorancia, así que lo mejor es que dejen de opinar todos y listo”.

En esta queja se entremezclan asuntos varios, que se separan fácilmente. Si alguien discute sin rigor, con soberbia o machismo, no se abandona la discusión porque sea hombre; se abandona por la soberbia, por la falta de rigor, por el machismo.

Por otro lado, igual que algunos somos muy pacientes con la ignorancia –llena de buenas intenciones– que manifiestan ciertas feministas sobre la lengua y la gramática, poco cuesta serlo con hombres muy dispuestos a razonar y a profundizar en las cuestiones del feminismo.

Con todo, para quienes incordian (o trolean) queda siempre la opción última y socrática: abandonar la discusión educadamente, decir “tú no quieres dialogar sino tocar las narices”, y negarse a seguir hablando. Pero para eso no hace falta recurrir al argumento de que el insolente es un hombre. ¿Sabe acaso de sexos la insolencia?

Imbéciles los hay en todos lados. Lo sensato es escuchar las opiniones inteligentes, vengan de donde vengan.

Considerar que la división entre hombres y mujeres es tan profunda que son incapaces de comunicarse mediante el lenguaje de manera sensata me parece una idea tan destructiva para la igualdad social que podría firmarla el más recalcitrante de los machistas medievales.

 

X. SÍNTESIS

No veo ningún fundamento, ni racional ni metodológico, para excluir la opinión de nadie por el hecho de ser hombre y no mujer. No en un asunto común a todos los miembros de la sociedad, como es el feminismo. La apelación a un inconsciente machista (que aliena a la mujer y hace que el hombre, a pesar de sus esfuerzos, sea machista hasta sin pretenderlo) no soluciona la cuestión, sino que la manda a un terreno religioso: solo ciertas mujeres, las elegidas, representan la voz del verdadero feminismo (porque hay varios, además). Esos feminismos pueden discutir entre ellos y opinar sobre lo divino y sobre lo humano, pero nadie puede juzgarlos desde fuera.

(¡El ataque ad hominem elevado a categoría ontológica!).

Desde esta perspectiva, toda lucha social nace muerta o condenada a ahogarse en sus propias aspiraciones. Lo mismo hablemos de liberar a la mujer o de acabar con el racismo, si presuponemos que solo los oprimidos pueden opinar sobre su opresión, no solo entregamos el asunto a la más arbitraria subjetividad, sino que inventamos enemigos allá donde no era necesario encontrarlos. El enemigo de las feministas no son los hombres, sino las estructuras y los hábitos sociales injustos con las mujeres. El enemigo de los negros no son los blancos, sino las estructuras y los hábitos sociales que los marginan.

Y, más allá de esa realidad, la razón y el pensamiento no le pertenece a ningún sexo ni a ninguna raza.

Si yo, emitiendo una opinión sobre feminismo, me equivoco en algo, pido que se me demuestre de manera racional y con respeto dónde me equivoco. No que se me despache apelando a que soy hombre.

Y si las mujeres, en su condición de mujeres, poseen un conocimiento sobre sí mismas al que yo no llego, que usen la razón y el discurso y que me lo expliquen.

La actitud contraria no solo es repelente y está equivocada en su aspecto más metodológico, sino que supone un caramelito más para la instrumentalidad neoliberal: si cada grupo reclama para sí en solitario sus quejas y sus argumentos, la sociedad queda dividida y enfrentada entre sí.

¿Cabe mayor miseria individualista que el hecho de que uno solo pueda preocuparse y opinar sobre aquello que le afecta de manera directa –sexo, raza, clase social, etc–, en vez de sobre todos los conflictos sociales que le parezcan dignos?

 

 

Advertencia postrera: en el presente artículo uso mucho los términos ‘feminismo’ y ‘feministas’. En unas ocasiones hago referencia a quienes dicen que el hombre no puede opinar sobre feminismo. En otras, hago referencia al movimiento en conjunto o a todos los feministas que haya en este mundo. Supongo que el contexto aclara en cada caso a qué se refiere cada término. Pero sean indulgentes y no se me solivianten buscándole tres pies al gato diciendo que generalizo en unos casos y que me quedo corto en otros. Si lo leen con cuidado, verán que no hay tal. 

 

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4 comentarios en “¿Pueden los hombres opinar sobre feminismo?”

  1. Estoy de acuerdo con el artículo. Intentaré aportar otro argumento.
    Demostrar que la máxima “no puedes opinar de feminismo si no eres mujer” es falsa, usemos ese mismo argumento con otras causas y veremos lo absurdo del resultado.
    – “No puedes opinar sobre maltrato animal si no eres un animal maltratado”. ¡A ver cómo les preguntamos!
    – “No puedes opinar sobre la educación si no eres estudiante”. El Ministro de Educación, de segundo de ESO.
    – “No puedes opinar sobre los derechos de la infancia si no eres un niño”.
    OJO, bola extra, para que les explote la cabeza:
    – “No puedes opinar sobre las razones que llevan a un hombre a tener una actitud machista si no eres un hombre machista”. Booom!

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  2. Cuidado cuando dices “resulta muy sencillo separar lo uno de lo otro: por un lado, el discurso; por otro, el hablante y el contexto”. No se debe ensalzar en demasía el “ad-hominem” y “ad-rem”: Ya Ricardo García Damborenea (sí, ese) nos decía en su repertorio de falacias: ¿Cómo probar que alguien es incompetente si no se pueden dar ejemplos de su torpeza?
    Pues la falacia es un concepto dependiente de la teoría, esto es, sólo es posible definir una falacia dentro del marco de una teoría articulada de las falacias. Alguna bibliografía para abrir boca:

    – Walton, D. (1985). Arguer’s Position: A Pragmatic Study of Ad Hominem Attack, Criticism, Refutation, and Fallacy. Westport, Conn: Praeger.
    – Walton, D. (1998). Ad Hominem Arguments. Tuscaloosa: Univ of Alabama Pr.
    – Walton, D. (2010). Formalization of the Ad Hominem Argumentation Scheme. In Journal of Applied Logic. 8:1-21, 2010
    De comparativas y metáforas, con el permiso de Lakoff, hablamos otro día….

    Saludos cordiales,

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    1. Buenas, Pacoarribas.

      No entiendo bien lo de las falacias y las teorías, ni esta frase: “sólo es posible definir una falacia dentro del marco de una teoría articulada de las falacias”.

      Yo, más burdamente y menos teóricamente, le sé decir si algo es verdadero o falso cuando analizo lo que dice. No me hace falta una teoría de las falacias. Si usted me dice que el Objeto Directo gramatical se define porque aparece introducido por la preposición “de”, yo le respondo que es mentira. Pero ahí no juzgo al sujeto (que igual es un ignorante) sino al discurso. Del discurso erróneo puedo deducir que el sujeto no sabe gramática.

      A más no llego.

      Le agradecería que me pusiera un ejemplo para ilustrar lo que me indica en su comentario.

      Muchas gracias por comentar.

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      1. Hola, Javier:

        Las falacias están inmersas en teorías dentro del campo de la argumentación. Sin ir más lejos, existen dos versiones del argumento “ad hominem”: la primigenia, que proviene de Aristóteles en su Retórica y que deriva en los ataques “ex concessis” (según Finocchiaro (2005), es probablemente verdad que todas las críticas filosóficas válidas deben ser ad hominem. Pero esto no significa que todos los argumentos filosóficos (válidos o no) deban ser ad hominem). El análisis moderno del argumento “ad hominem” se centra en mayor medida en las características que lo hacen falaz.

        De hecho, en este caso nos movemos en la falacia genética, en el sentido de que esta última plantea que una conclusión es falsa a partir de su origen, al igual que la versión de “envenenar el pozo” (‘Tú que eres mujer, ¿qué vas a saber?’).

        En todo caso, y volviendo al “ad hominem”, es necesario profundizar (al menos) en tres cuestiones críticas, que están lejos de ser resueltas:
        – ¿Hasta qué punto está soportada por la evidencia la alegación hecha del ataque al carácter?
        – ¿Es la alegación del carácter relevante en el tipo del diálogo en el que el argumento se usa?
        – ¿La conclusión debe ser rechazada por completo, o simplemente debe aceptarse con un peso reducido de credibilidad?

        Por último, a mí no me gustaría vivir en un mundo en el que sé decir si algo es verdadero o falso cuando analizo lo que dice, y mucho menos en un mundo sin teorías. Siempre me han gustado los contraejemplos, las paradojas y las metáforas…

        Finocchiaro. (2005). Arguments about Arguments Paperback: Systematic, Critical, and Historical Essays In Logical Theory. Cambridge, UK ; New York, NY: Cambridge University Press.

        Tu blog, por otra parte, me parece muy interesante. Mis felicitaciones!

        Le gusta a 1 persona

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