Ciencia, individuo y sociedad (por ejemplo, el aborto)

 

EMPEZANDO

Suelo decir que durante los últimos treinta años nos han quitado dos perspectivas esenciales para comprender qué nos pasa: una, el inconsciente; dos, lo estructural. La ideología económica necesita un modelo de ser humano racional e individualista. Si no somos siempre racionales o si nos comportamos según patrones de conducta social, toda la idea moderna de libertad económica individual salta por los aires. El problema no solo reside en que esta visión tan plana y tan burda sea mentira (la publicidad, que sabe lo que se hace, consiste básicamente en bombardear la parte más irracional de los consumidores) sino en que además nos confunde a la hora de analizar con objetividad determinados fenómenos. Si algo social –o sea, estructural– se considera individual, el diagnóstico que realicemos estará ciego. Voy a ejemplificarlo con el siempre polémico tema del aborto en relación con la perspectiva científica. Tengan paciencia y pongan en suspensión los prejuicios, que esto requiere de cierto desarrollo.

 

 
ABORTO SÍ / ABORTO NO

Las posiciones sobre el aborto están claras. Hay una gente a favor y hay otra gente en contra. Los que están en contra, al menos en España (imagino que en la mayor parte de occidente será también así), tienden a apelar a motivos religiosos o metafísico-jurídicos: “no se debe abortar porque a Dios no le gusta” o bien “no se debe abortar porque es un crimen contra la futura vida de un niño”. La réplica a esta postura no suele consistir en negar ambos razonamientos: “Como Dios no existe, pues yo aborto” o “aborto porque no es un crimen contra la futura vida del niño”. En realidad, la cuestión religiosa importa poco para el asunto. Creer en Dios es importante para los que defienden el no al aborto; pero, para un no creyente, que no haya Dios supone una cuestión menor. De modo que el debate, como es lógico, no se ha centrado en la teología sino en la idea de si es un crimen o no.

Ya que matar a otras personas está muy mal, la pregunta que mucha gente se hace es: ¿Es el feto una persona? Si no es persona, la moral queda salvada: abortar no es malo. Si es persona, claramente cometemos un crimen. Parece un resumen burdo y hasta tonto, pero si lo meditan un poco verán que, en el fondo, en esta tesitura se sintetiza todo.

Abortín

 

ENTRA LA CIENCIA A PONER ORDEN

Hace un par de semanas, un buen amigo de Twitter (les dejo su dirección para que le sigan si les apetece, que merece la pena) realizó una encuesta acerca de si la ciencia podía ayudar a resolver dilemas morales. Yo no entendía cómo eso era siquiera posible, de modo que le pedí un ejemplo. Él, amablemente, me remitió a los estudios de bioética en relación con el aborto. Yo, diligente (y con ganas de aprender mucho acerca de todo, como siempre) me leí algunos textos. A varios de ellos les remito yo a mi vez: uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Hace años, ya había leído el capítulo que Carl Sagan le dedica al aborto en su estupendo libro “Miles de millones”. La perspectiva de Sagan no difería mucho de los ensayos sobre bioética que me acababa de leer. Se la resumo: tanto la bioética como Sagan tratan de establecer, a través de procedimientos científicos objetivos, cuándo es el embrión algo no humano y cuándo es ya un ser humano. Cuándo puede, en consecuencia, abortarse sin cometer crimen y cuándo no. No importa la densidad del texto (algunos son muy precisos y técnicos y ahondan de manera prodigiosa), la cuestión de la ciencia al respecto del aborto empieza y acaba ahí. Es verdad que tocan además muchos temas colaterales, como la responsabilidad personal del médico, si el padre tiene derecho a decidir, o mediante qué procedimientos debe regularse legalmente el derecho al aborto. Estos temas son absolutamente cruciales, pero ya no caen con plenitud en la esfera de la objetividad científica o médica (son ética de toda la vida), sino que se refieren a algo más amplio.

Pues bien: la bioética, de forma bienintencionada, cae en la trampa de la ceguera hacia lo estructural de nuestros días y respalda el ciego individualismo. Por desgracia, arrastra con ella a todas las personas que no son capaces de ver más allá. Voy a ver si consigo romper con este círculo vicioso.

 

POR QUÉ EL ABORTO EN SÍ NO ES UNA CUESTIÓN MORAL

He discutido mucho con muchas mujeres que defendían el derecho al aborto. Jamás he escuchado a ninguna decir que el aborto es algo bueno, deseable o apetecible. Pedían libertad para abortar, pero no deseaban experimentarlo. El hecho de que nadie desee tener que abortar excluye que sea una cuestión moral inmediata: a nadie le parece bueno abortar. Digo bueno porque toda cuestión moral, al margen de graduaciones, parte de los opuestos ‘malo’ y ‘bueno’. Abortar es malo. No creo que nadie lo discuta. Entre otras cosas, porque no hay ninguna mujer que aborte para deleitarse, o que aborte por declarado capricho: “Ya ves, es que me apetecía abortar un poco” nos resultaría a todos una razón inadmisible. El aborto, por lo tanto, ni siquiera es una cuestión moralmente neutra. Abortar es objetivamente malo. No hay ninguna duda.

Entonces, ¿por qué la gente aborta?

Aquí es donde se da el verdadero conflicto y donde yo más choques personales he tenido. Una aborta cuando está coaccionada por un contexto: no tiene dinero, el hijo es fruto de una violación, el feto está malforme, peligra su propia vida o, sencillamente, porque su mundo social se derrumbaría si tuviese un hijo en ese momento. Lo que yo sostengo –he aquí lo crucial– es que el aborto nunca supone un ejercicio de libertad, sino de sometimiento. Sometimiento a unas circunstancias sociales o personales; pero, en todo caso, ajenas a la propia voluntad.

Libertad

El conflicto moral, en síntesis, no surge del dilema sobre si el aborto es bueno o malo, sino del choque entre la lógica más evidente para cada individuo (que abortar es algo malo) y la coacción social externa (en la cual tener un niño genera un problema considerable). Pero allá donde la coacción ejerce su fuerza, ya no cabe hablar propiamente de libertad: y en ausencia de libertad no hay elección moral verdadera.

De este modo, quienes claman contra el aborto por considerarlo inmoral no atinan, no entienden que no se trata de una decisión egoísta del individuo; y quienes hablan del aborto como de una libertad no se percatan de que supone exactamente lo contrario, el más duro de los sometimientos: el cuerpo de una mujer sometida a miedos exteriores.

Si los dos polos en pugna enfocaran el aborto como el resultado de un conflicto entre la mujer y lo externo, posiblemente trataran de solucionar la cuestión despersonalizándola, a través de una ampliación de la perspectiva: no es un problema de ética individual, es un auténtico problema económico y social. ¿En qué clase de mundo la existencia futura de un niño puede suponer un estorbo? ¿Qué clase de sociedad hemos creado, si algunos de sus miembros necesitan deshacerse de su prole antes de que esta nazca, ante la imposibilidad de desarrollar sus vidas adecuadamente?

Como es lógico, algunos motivos para el aborto son más terribles que otros (una violación, o que la vida de la madre peligre); y los conflictos derivados siempre estarán ahí: ¿Tiene el padre derecho a opinar? ¿Puede un médico negarse a realizar un aborto? Pero, de nuevo, esos conflictos derivados son esquejes, o consecuencias, de una visión cegada ante lo estructural y lo social.

 

CUÁL ES MI POSTURA (SI ES QUE IMPORTA SIQUIERA) 

Como se habrá adivinado ya, yo no puedo estar ni a favor ni en contra del aborto. Son dos polarizaciones estériles para comprender el asunto, pues no salen de la esfera de lo individual. Yo no juzgo la decisión que tome la mujer, porque nunca va a ser una decisión fácil; y ella, la embarazada sin desearlo ni esperarlo, no ha inventado el mundo en el que vive.

Lo que yo intento es profundizar en cuáles son las presiones sociales que llevan a esa persona a abortar y de que modo evitarlo: no es lo mismo abortar porque no se lo aceptarían en el trabajo que abortar porque el padre amenaza con desaparecer si da a luz. En el primer caso sería interesante ver hasta qué punto el mercado laboral genera abortos en la población: igual lo que falla es la lógica del mercado laboral. En el segundo caso entran en escena tensiones personales más complejas, que a su vez se asientan sobre vínculos y estructuras sociales de diversa índole.

También, por ejemplo, creo que la opinión del padre debería ser escuchada cuando la madre sí desea abortar y él no, porque considero que dos personas deben hablar entre sí desde el momento en que comparten un proyecto de vida en común. Decidir taxativamente que la madre es quien dice qué hacer sin que la opinión del padre deba ser siquiera sopesada me parece una insensatez (y además depende mucho del contexto concreto en que ese embarazo aparezca).

 

FETICHISMO CIENTÍFICO

La perspectiva científica ejerce en estos casos el papel que Marx le atribuía al fetichismo de la mercancía: donde la bioética y la ciencia no ven sino un problema biológico (cuándo algo es una persona y cuándo no) ante el cual deben someterse las leyes (y legislar en consecuencia) y los individuos, no hay sino un problema social generado por complejas interacciones y causas humanas de carácter estructural y cultural.

La ciencia, por lo tanto, sirve aquí para adormecer a las conciencias y para desviar la atención hacia donde menos relevancia reviste el asunto: ¿qué más da que el feto sea persona a las dos semanas o a las doce, si la embarazada quiere abortar porque a ella le han quitado el subsidio y su marido acaba de quedarse en paro? ¿La cuestión del feto no es, indudablemente, la menos importante de las dos?

Libertad2

No estoy afirmando, por supuesto, que la opinión científica no sirva para legislar mejor sobre el aborto. Estoy afirmando que la opinión científica al respecto solo sirve para legislar mejor sobre el aborto, pero que no soluciona el problema ni afecta a la cuestión moral, porque sus causas y su moral están en otra parte. No van a desaparecer los abortos ni los contextos que los producen; no va a mejorarse el mundo; tan solo estará mejor reglamentado el acto de abortar, que es malo en sí mismo.

 

PRECAUCIÓN AL OPINAR SOBRE ESTOS ASUNTOS

Decía David Harvey, en el brillante capítulo 3 del magnífico “Espacios del capital”, que la ciencia, si desatiende lo estructural, deja de ser neutra, en el sentido de que llega a conclusiones que interiormente poseen coherencia plena, pero que externamente resultan falsas o estériles. Él lo ejemplificaba con la teoría de Malthus a propósito del crecimiento poblacional y el hambre. No voy a meterme con Malthus porque, a poco que uno lo mancille, aparecen de golpe fervorosos seguidores contemporáneos, pero sí suscribo las palabras del señor Harvey:

Estamos, sin embargo, obligados a admitir que si la investigación «científica» se produce en un ámbito social, expresa ideas sociales y transmite significados sociales. Si nos molestamos en sondear más profundamente estos significados sociales, tal vez observemos que métodos científicos particulares expresan ciertas posiciones éticas o ideológicas”.

La aceptación de esta perspectiva nos obliga a ser más cautos cuando de apelar a lo científico se trate. No, por supuesto, en cuestiones científicas puras (como cuánto mide un protón o cosas por el estilo), sino en todo ámbito social en que la ciencia, con toda la buena fe del mundo, trate de poner orden. Porque hay problemas que no son resolubles mediante la objetividad científica (basta con releer el 6.52 del Tractatus de Wittgenstein para encontrar una nítida y honda exposición sobre el asunto en apenas tres líneas).

Voy a poner un ejemplo para aclarar eso de que la ciencia puede partir de una determinada posición ideológica, porque expresado así suena muy raro (y hasta blasfemo). Imaginemos que ocurre una situación de hambruna nacional, y que el gobierno contrata a un grupo de expertos científicos para que encuentren la solución objetiva a dicha hambruna. Pues bien: ese grupo de expertos no aplicará las mismas medidas si parte de la idea de que “hace falta más comida” que si parte de la idea de que “sobran hambrientos”. Obsérvese que ningún punto de partida es más subjetivo que el otro: ambas premisas son ciertas. Por ello, la decisión de qué punto de partida elegir es exterior y anterior a lo científico, y la ciencia de por sí no puede determinarlo por sí sola (no hay nada en el método científico que nos indique si debemos exterminar a los hambrientos o producir más comida).

No quiero que se interprete esto como una muestra de desprecio hacia lo científico, ¡Dios me libre!, sino como un esfuerzo honrado por determinar sus limitaciones metodológicas cuando la ciencia penetra en la esfera social o en la ética.

CONCLUYENDO 

Para evitar ese fetichismo científico frente a un problema ético generalizado hacen falta dos cosas: la primera, atender siempre a lo social en primer lugar, y luego, si procede, a lo individual (sin dejar de considerar que, por supuesto, cada individuo es único y toma sus decisiones; lo que no obsta para que también sea parte total de la sociedad en que vive); la segunda, humildad, distancia y comprensión ante los conflictos humanos, los cuales trascienden lo meramente científico.

No estemos, por lo tanto, ciegos ante lo evidente: ni somos seres siempre racionales (gracias a Dios), ni somos seres individuales del todo (no hay bicho en la creación que más construya su identidad en función del juicio de los otros). Ambas cosas son una invención de la economía para encajarnos en sus esquemas de consumo.

Ahora pueden entretenerse meditando un poco sobre cómo afrontar otros asuntos declaradamente sociales en los que cabe introducir de soslayo una opinión científica: como la eutanasia o la clonación de seres humanos, por ejemplo. Verán que la opinión de la ciencia al respecto no soluciona demasiado: ayuda un poco al legislador, sí, pero no enmienda nada ni ayuda a entender mejor nuestro mundo.

Y, desde luego, un mundo en donde a nadie le hiciera ninguna falta abortar sería sin duda mejor que uno en que el aborto estuviese científicamente legislado a la perfección. Igual desde esta perspectiva más amplia empezamos a pensar en otro tipo de soluciones que apunten al corazón del asunto, y eludimos la (en el fondo) moralmente vana discusión científica.

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