La muerte y tu sueño

I

El kiwi, además de una fruta, es un pájaro australiano que no vuela. Yo no lo sabía hasta hoy mismo, cuando se me ha mostrado un cuento infantil de Carmen Posadas en el cual un perro descubre un huevo de este orondo animalillo, y posteriormente, en vez de comérselo, se hace cargo de su crianza.

(Si quieren saber más sobre las características de los kiwis, en este vídeo encontrarán la suficiente información).

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Migajas (2)

 

(Pecios, migajas, pensamientos, sentencias) Los aforismos son las conclusiones de una tesis cuyos preámbulos nos hemos ahorrado escribir.

 

 (Glosa al anterior) A veces uno adquiere de repente sobre algo una intuición tan inmediata que escribir trescientas páginas de introducción para justificarla le suena a pérdida de tiempo o a blasfemia. Como decía Jesucristo: “¡Quien pueda entender, que entienda!”.

 

(La imposible redención) Si el Infierno existe, y a expensas de cuantos horteras gusten de considerarlo una costumbre parisina inseparable del vino blanco en una terraza cercana a los Campos Elíseos, este debe de consistir sin duda en una habitación de dos metros cuadrados, en la cual el pecador irredento comparte espacio para siempre con un incansable acordeonista. De entre todos los instrumentos inventados por el hombre, solo este nos hace preferir la muerte a la eternidad.

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Lo nazi cotiza al alza

 

I

Acaso las épocas más alejadas de la razón sean aquellas que con más frecuencia caen en el anacronismo crónico. Acaso las épocas que luchan contra dicho anacronismo sean, en la Historia, una anomalía. Acaso, incluso, sea la Historia una anomalía en sí misma. En cualquier caso, notoria se considera la afección de la Edad Media por el anacronismo: encerrada en su orden eterno e inexpugnable, todo lo medía con sus propios parámetros. La vida de Alejandro Magno servía como ejemplo para el buen cristiano. Las ropas de los tres reyes magos y sus acompañantes se asemejaban, sospechosamente, a las de los nobles que luego contemplaban el retablo.

No vamos a describir aquí –por falta de espacio y, sobre todo, por falta de ganas– cómo se pasó de una cultura medieval tan anacrónica a una visión tan profunda como la que triunfó a finales del siglo XIX o a principios del XX, en donde sucedía exactamente lo contrario: el máximo rigor académico se conseguía cuando la perspectiva del experto lograba desaparecer por completo, y mostraba desnuda en su propio contexto la verdad de la cosa estudiada.

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Doloroso, pero necesario

(Prólogo)

No dar explicaciones es un privilegio exclusivo de la autoridad, y revela entre quien las exige y quien legítimamente las deniega una relación de asimetría. Claro que la autoridad puede explicar sus decisiones, pero ello se debe, casi siempre, o a una mera cortesía, o a que si no se explica perderá parte de su dominio.

Vemos un ejemplo claro allá donde hay un mandante y un mandado: en los colegios, en la milicia y en las estructuras laborales. Tres ámbitos donde la libertad individual de los más se reconoce como sometida a un superior, y que no se caracterizan precisamente por su estructura democrática.

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Sexo, sexualidad, género y Estado

(Sexos)

La confusión –por influjo del inglés–  ya profusamente denunciada entre ‘sexo’ y ‘género’ la pospongo para más adelante. Lo que, por lo pronto, me interesa señalar aquí, es que sexos, en lo que respecta a la raza humana, solo hay dos: el del varón y el de la mujer, cuya diferencia se percibe por sus genitales.

Alguno se apresurará a añadir la condición hermafrodita de ciertos seres humanos; pero cabe objetar que rara vez se ha dado el caso de un hermafroditismo puro, y que los rasgos de uno u otro sexo suelen, por lo común, imponerse sobre el otro; además de que el hermafrodita no constituye un tercer sexo particular, distintivo y diferente, sino una mera acumulación o superposición de ambos, en grados nunca semejantes y en casos lo bastante escasos como para considerarlos una verdadera anomalía (sin que por ello conlleve desprecio alguno hacia los hermafroditas por parte de quien esto escribe: no por anómalo lo repudio, sino para excluirlo de mi asunto nuclear).

Dejando, por lo tanto, el hermafroditismo al margen, la cuestión de los sexos parece, como en el caso de los restantes animales, sujeta al criterio fisiológico de un médico o de un especialista.

Expresándolo del modo más explícito y brusco posible: para determinar el sexo de un humano ya difunto, bastaría con que un forense examinara el cadáver (al que perfectamente podría faltarle la parte superior del tronco a partir del ombligo) y dictara sentencia en función de los genitales. Leer más “Sexo, sexualidad, género y Estado”

Adiós al fútbol (parte II)

 

[Para Juanjo Palomo , que seguirá sufriendo y remando contra la corriente, incesantemente arrastrado hacia el pasado]

 

Parte II: los posos del fondo del vaso

(Viene de la Parte I)

(Teología)

Habrá quien replique, con la mejor de las intenciones, que eso de culpar a Dios de las desdichas del Atlético ofende a los niños que fallecen en el tercer mundo, o a las mujeres asesinadas por sus parejas. “¡Como si la crueldad de Dios se manifestara en el fútbol!”, exclamarán. Pero supone un grave error teológico considerar a Yahvé –el Dios más agresivamente dominante y humano, y por lo tanto el Dios más verdadero– como malo por el hecho causal de que los hombres sean, sin duda, muymalos.

Yahvé no se entromete en el albedrío de sus criaturas: si alguien mata a una mujer, o los ricos no impiden que los niños se mueran de hambre, la culpa no debe imputársele a Dios, sino a la raza humana o a quienes permiten o ejecutan tales actos. Incluso los accidentes de coche, que parecen regirse por la fatalidad, pueden achacarse a la invención de una máquina solo necesaria, a estas alturas de la historia, para que el consumo de motores no decaiga.

Yahvé no es el Dios del mal: es el Dios de la derrota y la victoria, que se recrea equilibrando la balanza en ese punto indiscernible en que dos competidores de idéntica fuerza dependen solo del azar. Tanto en la guerra como en el fútbol, Yahvé se complace con el vencedor, que es sin duda su vencedor, pues de lo contrario habría perdido. Leer más “Adiós al fútbol (parte II)”

Adiós al fútbol (parte I)

 

[Para Juanjo Palomo , que seguirá sufriendo y remando contra la corriente, incesantemente arrastrado hacia el pasado]

 

Parte I: la crónica

 

(Breve autobiografía futbolística)

Mi familia, tanto por parte materna como paterna, seguían y apoyaban desde siempre al Atlético de Madrid; mi abuelo materno tenía incluso abono en el Metropolitano y más adelante también en el Calderón. A pesar de ello, no desarrollé sino una mera simpatía inconsciente hacia dicho club, porque de niño el fútbol me aburría bastante. En 1996, sin embargo, el Atlético ganó el doblete. Y yo, seducido por la victoria –acaso la droga metafísica que más empozoña el alma de los niños y de los adolescentes–, empecé a coleccionar cromos, a comprarme camisetas y a ver todos sus partidos, con una obsesión tan desaforada como tolerada por mi familia, hasta el punto de que me acostumbré a adecuar mi estado de ánimo a las victorias de mi adorado equipo. Si el Atlético perdía la noche anterior, allá que marchaba yo al colegio –como un memo, me gustaría añadir– con cara de disgusto y el Marca en la mano derecha. Leer más “Adiós al fútbol (parte I)”